Érase una vez un tirano que llenó de dolor un país cercano… un tirano que traicionó la voluntad de su pueblo. Un tirano de cara mustia, charreteras y voz cínica, que se escondió tras su edad para evadir la justicia que le mordía los talones, y cuya muerte de viejo lo sorprendió con la vergüenza a cuestas.
Érase siempre un pueblo digno que se resistió al tirano y no se dejó vencer por el olvido.
Érase la memoria de los que murieron, de los que sufrieron las torturas, de los condenados al exilio.
Érase una vez Francisco y sus alas de colibrí.
Érase una vez un nunca jamás que se para firme en el futuro.






