Saltar al contenido directamente
El maizal De mi cosecha De la espiga al cielo Sabor a nosotros De otros sembradíos

Tierra de Maíz - El Blog de Vera Carvajal

Quiero pensar que los días, mis días, son un racimo de uvas o una mazorca fresca de maíz, no en definitiva, una cuenta regresiva. 

 
Inicio
Artículos
Cuentos y escritos
Reseñas
Recetas con sabor a nosotros
Links a otros sembradíos
Libro de abrazos
Vera Carvajal
Contacto

Anéxame a tu RSS
¿Qué es esto?

RSS 2.0
Agregar a Google
Inicio arrow Reseñas arrow Palabras de maíz arrow Las Córdobas
Las Córdobas PDF Imprimir E-Mail
sábado, 26 de noviembre de 2005

La dulcería que vio crecer a Palmira

Por Mauricio Capelly

Fue una tarde de julio de 1911, cuando el coche de cuatro caballos se detuvo en el Parque Bolívar. Una banda de músicos, cuenta mi abuela, recibió a los viajeros, entre quienes habían dos señoritas vestidas de blanco. -Bienvenidas a la Villa de las Palmas, les dijo el de la guitarra, mi nombre es Arístides Rengifo Viveros. Las señoritas colorearon sus mejillas y dejaron volar un par de sonrisas. -Gracias, muy amable, contestó una. Enseguida alzaron sus rostros mirando con curiosidad las altas casas de alero con estrechos balcones de madera. -¿Vienen de Popayán?, preguntó aquel. -Si, contestó la otra, ella es María de los Ángeles y yo soy Herlinda. -¿Y qué las trae por acá?, indagó de nuevo el hombre. Las señoritas giraron en sí observando a la gente que se abría paso con sus sueños en las calles, y se quedaron quietas como si la respuesta les empezara a germinar como una flor desde las entrañas. -Las ganas de salir adelante, señalaron al mismo tiempo, con un optimismo sólo visto en quienes tienen un motivo sincero por el cual vivir. Luego caminaron hacia el parque.

 

Allí contemplaron los árboles tupidos, las finas verjas y las matas de coca que rodeaban el lugar. En el centro había una pequeña fuente, donde los pobladores de antaño sacaban el agua para el consumo y donde Bolívar, cuentan, se enjuagó el rostro cansado de tanta utopía. En la esquina, hoy calle 30 con 30, en la actual agencia de lotería, había una pared y en ella una frase escrita con carbón: “se alquila, informes en la parroquia”. Las hermanas sonrieron. Inmediatamente se presentaron con el padre Guillermo Becerra Cabal, quien a su vez las presentó con doña Arcelia Arce, dueña de la casa, quien se las alquiló por 45 centavos mensuales. Al día siguiente buscaron la agencia telegráfica y escribieron a Popayán. Familia: Llegamos sanas y salvas. Punto. Envíennos toda la ropa y el libro de recetas que está debajo de la cama. Punto. Se respira prosperidad. Punto. Nos quedamos. Atte Las Córdobas.

Así, con los pocos ahorros que traían en las faldas y con un inusitado entusiasmo de adolescentes, ambas hermanas se pusieron manos a la obra a blanquear la casa con cal y a barrer los pisos de tierra, contrataron la construcción de un horno de arcilla en el patio, compraron cucharas de palo, ollas de barro y totumas, buscaron quién les hiciera las mesas y los asientos de guadua y negociaron el agua para filtrar con don Manuel y la leña con don Eurípides; y a la semana siguiente abrieron el sitio que hoy es un símbolo de identidad y de tradición en la ciudad, y que a lo largo de los años ha sido testigo de cómo un pueblo, a punta de ganas y sueños, se convirtió en la Palmira Señorial.

Un año más tarde, el 20 de julio de 1912, se realizó en el parque Bolívar la primera retreta con la orquesta de Abraham Durán, ratificando ese pequeño paraíso como el punto de encuentro social y artístico. Más adelante, el 25 de octubre de 1913, el padre Guillermo Becerra, ya cliente acérrimo de las hojaldras de las Córdobas, llegó a su estadero. -Misia Herlinda, hágame un favor un vaso de agua, suplicó nervioso. -Qué le pasa Padre, se ve pálido, le atendió, mientras su hermana venía corriendo de la cocina. -No me lo van a creer, dijo, soñé que Dios hablaba conmigo. Las Córdobas abrieron los ojos y se persignaron. -Santo Padre Celestial ¿Cómo así? -Si, dijo ansioso, Dios se asomó a mí corazón y me susurró: “Padre Guillermo, Palmira se creció, el Espíritu Santo ya no cabe en esta parroquia tan pequeñita. ¡Haga algo!” Y en ese momento me desperté. ¿qué hago?, no tengo un peso. Ellas se miraron un instante y luego, como era habitual en ellas, respondieron al mismo tiempo. -Pues pregúntele al pueblo, padre, el pueblo es el sabio. En efecto, al día siguiente, el padre Guillermo convocó una reunión en la Casa de Gobierno y todos aceptaron la idea con un exacerbado delirio de niños. Esa misma tarde se conformó la junta encargada de la construcción, entre quienes estaban los siempre cívicos Ramón Barona, Epifanio López y Sixto Antonio Cuevas, quienes movieron cielo y tierra para reunir los primeros 800 pesos oro para iniciar la obra.

El 23 de noviembre empezaron a trastear bancas, santos y cuando coroto había para la capilla del Sagrado Corazón, hoy el Bethlemitas, que se acondicionó como parroquia provisional. El 3 de diciembre comenzaron a darle porra a los muros de la antigua iglesia y el 16 de enero de 1914, se colocó la primera piedra de la hoy majestuosa Catedral de Nuestra Señora del Rosario. Los planos los realizó el hermano redentorista Silvestre, de Buga; luego fueron perfeccionador por los ilustres Leoncio Lorza, Borrero y Ospina B, quienes hicieron las bóvedas de la cúpula. El día de la selección de los trabajadores se presentó un muchacho descalzo, tímido y con apariencia de fortachón. -¿Nombre? -Samuel Domínguez. -¿Edad?, -22 años. -¿Ha trabajado en construcción? -Si... -¿Qué horas son? preguntó alguien por ahí. El muchacho alzó la mirada y consultó nubes y pájaros. -Las once y treinta y cinco, respondió. -Las once y treinta y cinco, indicó otro que miraba su reloj. Era Guacarí, el inolvidable personaje que carreteó tierra, subió ladrillos y almorzó sopa de cernido y cuzcuz donde las Córdobas, quienes fueron testigos de cómo aquellos hombres sudaron la gota gorda para que Palmira tuviese un sitio digno dónde albergar sus sueños.

Por ese entonces andaba las calles para arriba y para abajo don Ángel María Galindo. -Doña Herlinda, hágame un favor, deme un sancocho de uña que vengo molido. Era el señor que iba de esquina en esquina con su escalera subiéndose a los postes, para cortar la mecha quemada y echarle cebo y combustible a los faroles que alumbraban las noches Palmiranas, cuando a la luna llena no le daba la gana de salir. Hasta que el 1ro de febrero de 1916, toda la Villa se reunió en el parque para presenciar el momento cumbre cuando el ilustre Lisandro Navia Bueno hacia girar un bombillo en su mano y de repente ¡zuaz!, se iluminaba su rostro y el de los boquiabiertos presentes. Años atrás, don chepe Materón inauguraba el Salón Materón, donde se presentaban zarzuelas y obras de teatro, hasta que el 4 de septiembre de 1913 se echó a andar el invento del siglo XX. -¡AUXILIO, AUXILIO!, gritaba un niño que salió corriendo del Salón tocando todas las puertas. -¡UN SEÑOR Y UNA SEÑORA SE ESTÁN DANDO UN BESO EN LAS SÁBANAS DE DOÑA OTILIA! ¡Ay, la inocencia! Lo que pasaba era que a la Villa había llegado el cine mudo.

Más adelante, el 20 de julio de 1917, un extraño chucuchú comenzó a escucharse desde lejos. -¡LLEGÓ EL PROGRESO!, gritó un muchacho señalando la nube de humo, y todos corrieron a la estación a recibir el tren que unía en un sólo telar de oro a la Villa de las Palmas con el resto del país. Ese día los cocheros, quienes vestían zamarra de hule, sombrero de guaza de copa alza, poncho blanco y andaban con el fuete en la mano, se emborracharon de tristeza porque el tal progreso les pasaba por encima. Por esos años ya eran tradicionales las fiestas patrias de la Batallas de las flores; y las Córdobas, cómo no, estuvieron siempre prestas para atender a los visitantes con sus deliciosas tortas de maíz y sus ya tradicionales tamales de guiso, que competían con los inigualables sancochos de gallina de las Morantes; con el pandeyuca de Susana Maquilón, que preparaba con migajón; y con los tamales de coclí de don Vicente, que tenían presas de muslo más grandes que un brazo.

El 25 de Junio de 1924 se celebró el Centenario de Palmira, para el cual se idearon unas Ferias de Exposición Agrícola y Artística a cargo del alcalde Eduardo Bueno y del comité encabezado por Carlos Becerra Cabal, Vicente Aragón, Olimpo Zapata y Ramón Barona, quien organizó las veladas literarias en el Teatro Martínez y en el Club Cauca, fundado 4 años atrás. Ese día los poetas Francisco Barona Rivera, Guillermo Valencia, Jorge Ulloa, Luis Carlos Velasco, Julio César Arce y Ricardo Nieto, se desparapetaron en elogios a Palmira, haciendo vibrar los líricos corazones de la gente. En medio de las mesas, al alcance de todos, habían vasijitas de cristal llenas de dulcecitos de panela y coco rallado.

El 3 de octubre de 1925, el cuadro de la Virgen del Rosario regresaba a su casa en una imponente procesión. En el desfile, los muchachos de los colegios pasaban frente a las Córdobas lamiendo las vitrinas con los ojos, cuidando no irse de ñatas en alguno de los huecos abiertos en toda parte, porque para ese entonces se estaba construyendo el acueducto y el alcantarillado de la ciudad. Ese mismo año se terminó la construcción de la antigua alcaldía, y a que no adivinan en dónde almorzaban los obreros sopa de torrejas y carantanta. Un año después, el excelentísimo Maximiliano Crespo nombró al presbítero José Manuel Salcedo párroco de la Catedral, quien continuó los trabajos con el arquitecto español Francisco Rigol.

En 1927, las hermanas Córdobas, por motivos desconocidos, vendieron su negocio a la señora Dominga Rivera, quien lo trasladó a media cuadra frente a lo que hoy es Kokorico. Dos años después aquella se lo vendió a doña Waldina Lorza, oriunda de Cartagp, norte del Valle, quien pagó los 80 pesos a punta de Paspitas, una galleta que le había enseñado a hacer su abuela. Con su esposo, Apulio Figueroa, trabajó con ahínco para ampliar el negocio y trasladarse al sitio actual. Un día cualquiera llegó al estadero un señor en bicicleta con una caja de madera amarrada a la parrilla. -Señora, mi nombre es Carlos, vivo en el Cerrito, vengo a ofrecerle este producto que hago en mi casa. El tipo sacó una especie de moneda empolvada de harina y se la dio a doña Waldina, quien al morderla votó los ojos. Eran los sellitos de manjarblanco. Ese día don Carlos dejó cien y al caer la tarde ya no quedaba ni el untado en las canasticas de mimbre. Luego conocieron a doña Eulalia de San Pedro, con quien encargaron los novedosos dulces de arracacha.

Así, poco a poco, todos los Palmiranos fueron rindiendo su paladar a los dulces que doña Waldina preparaba y comercializaba. No había generación indiferente a esos encantos. Los estudiantes del Liceo Palmira se hicieron adictos a las panelitas de leche y apenas escucharan la campana salían como un ventarrón de regocijos a comprar las provisiones del siguiente día, que escondían en sus amplios pupitres debajo de la Odisea y el Quijote. Así los adultos. -Ya vengo, voy a la alcaldía, decía Domingo Irurita, interrumpiendo sus clases de francés. -Doña Waldina, sea tan amable y me da veintidós sellitos (uno por cada alumno) y salía por las calles rodando con sus ciento veintipico de kilos y una sonrisa de oreja a oreja. -Cést la vie, decía, cést la vie. Desde entonces las Córdobas se convirtieron en un paseo obligado los domingos, al volverse todo un ritual que los papás llevaran a sus hijos a mecatear, comprendiendo que la infancia no sólo se mide por la cantidad de travesuras que se hacen, sino también por el números de dulces que un niño, ávido de vida, puede comer.

Escipión Figueroa era uno de los hijos de Apulio y Waldina. Se bachilleró con los Maristas en Yanaconas y estudió Ingeniería Química en la Universidad Católica de Chile y una especialización en Michigan. Era un tipo de disciplina estricta y horario inglés. Su frase clásica era lo más diciente de su genialidad: “la cabeza no es sólo para el sombrero y los piojos”. Inventó, entre otras cosas, la arepaharina cuando trabajó en Quaker y el jabón líquido cuando estuvo en Varela. Un día, cuando administraba una fábrica de muebles en el barrio San Nicolás de Cali, se tropezó con una señorita de vestido aguamarina y mantilla blanca, y el corazón, como en las manos de un niño, se le volvió una melcocha. La señorita vivía enfrente de su casa, y desde entonces le dio por espiarla y tomarle fotos a través de las ventanas. La muchacha, quien le cogió pavor por lo sospechoso de su comportamiento, le daba la vuelta a la manzana para no encontrárselo. En una ocasión hubo una kermés en la iglesia y aquella andaba encartada vendiendo las boletas. Don Escipión se le acercó y le preguntó que si la podía acompañar. La muchacha, tímida, le respondió que no, que estaba ocupada. Pues don Escipión se fue donde el cura y le dijo. -padre, le compró todas la boletas si permite que aquella muchacha charle conmigo. Y así fue como conoció a Martha Marmolejo, quien sería la esposa y madre de sus hijos, y a quien doña Waldina le enseñaría todos sus secretos.

Gracias a la creatividad de don Escipión, las Córdobas dieron el paso a la excelencia empresarial al comenzar a fabricar sus propios dulces. Martha, quien no se cansaba de repetir su frase favorita: “nunca hay una segunda oportunidad para una primera impresión”, aportó su inagotable espíritu de servicio, convencida de que un dulce también sirve para endulzar el alma. Con doña Waldina y don Apulio trabajaron duro para que las Córdobas, como una semilla, germinara en la memoria de todos los Palmiranos. ¡Y lo lograron! Hoy en día nuestras abuelas y abuelos guardan en sus recuerdos las caspiroletas con las que jugaron a las muñecas y que escondían debajo de la cama; las chancarinas y el dulce de grosellas, que venían en tubitos de papel; y los cuaresmeros, con los que calmaban sus antojos en Semana Santa; y con esa memoria guardada debajo de la lengua, abren cuantas veces quieren las puertas del cuarto oscuro de su infancia.

Así nuestros padres, quienes heredaron una empedernida adicción a las lenguas de gato, que se vendían en los teatros y que se fueron de este mundo cuando su creador, don Rubén Darío Figueroa, hermano de Escipión, se murió y nadie, formula en mano, fue capaz de volverlas a hacer. También desaparecieron el dulce de Batata porque el tubérculo no se volvió a conseguir; el dulce de Mamey, porque la gente cortó los palos del patio cuando los frutos maduros caían y dañaban las tejas; y el pandehorno y el pan de Guambia, que se dejaron de preparar porque los hornos modernos quemaban la hoja de biao. Aquellos eran los años en que la Maicena y la avena Quaker venían en tarro y en que los Madriñán repartían la leche en canastillas de seis botellas, que se dejaban en las puertas para que el repartidor las llenara. Y ahí amanecían.

Esas generaciones aprendieron a esperar con ansias el día del cañengo, y se acostumbraron a que doña Waldina los atendiera con su rebosante espíritu de amabilidad, siempre pendiente del detalle, del moño, de la cajita bien envuelta, del buenos días, buenas tardes. Así doña Martha, elegante y glamorosa, quien no ahorraba esfuerzos hasta asegurarse de que un cliente se iba satisfecho. Ambas siempre con un gesto y una palabra dulce que ofrecer. Ellas y sus esposos fueron fieles a los secretos de las recetas de las abuelas, convencidos de que las cosas para que quedaran bien hechas había que prepararlas con el alma. Por eso permaneció la tradición de batir el manjarblanco con cagüingas de cerezo y cocinarlo en paila de cobre, aunque demore la lavada, y servirlo con cuchara de mate porque si no, ¡juemichiga!, no sabe a lo mismo. Las frutas se compran donde doña Toña, ahí en la galería, y el azúcar, óigame bien, tiene que ser de Manuelita, porque si no, vaya usted a saber, los dulces cambian de color. Por eso las hermanitas Eder, Rita y Gertrudis, íntimas amigas de Waldina, ordenaron que a las Córdobas se les vendiera directamente los bultos que necesitaran.

Cliente fiel de las Córdobas fue el general Rojas Pinilla, quien enviaba una carta al despacho de Rafael Navas Pardo, en Palmira: “Comandante, envíe los soldados que van al batallón Colombia y hágame el favor, y no se le olvide, me envía extensas provisiones de mecato de donde sabemos, porque me voy de gira por la patria”. Por eso cada turista que ha visitado la Villa y ha conocido las Córdobas, se ha ido con un nuevo sentimiento que sólo es posible valorar por las posdatas de las cartas: “Mijita, cuando vengas por los Yores trae dulces de las Córdobas”, “Mi amor, tengo antojos, tu sabes de cuales, te quiere, pili”, “Abuela, te mandan a decir los vecinos que cuándo envías panelitas de leche”, “No te preocupes, envíame los cuaresmeros por correo que luego te hago el giro”, “¡MAMÁ, QUÉ PASÓ CON LAS CASPIROLETAS QUE NO LLEGARON!”. Y así.

Las Córdobas han llegado tan lejos que ingleses, japoneses, argentinos, árabes, italianos, marcianos, han tenido que chuparse los dedos y cambiar, al menos por un instante, la infame imagen que tienen de este bello país al abrir las cajas de dulces marcada de Colombia para el mundo, y encontrar en ellas una cara diferente, alegre y llena de vida. Por eso y no por otra cosa, las Córdobas han obtenido dos reconocimientos nacionales, uno de FENALCO, en el 2003, en Cartagena, y otro de antigüedad empresarial entregado por la UV. Sin embargo, el mayor premio es el cariño de los clientes que a diario continúan llevando sus antojos de niño y a sus niños, como sus padres lo hicieron con ellos, cuando señalaban las vitrinas balbuceando impaciencias, trenzándose las generaciones en este destino de la Ruta dulce de Colombia, donde más benditos imposible, pues la Catedral, el Paraíso, el Bosque, Malagana, las Victorias, y por supuesto, ¡las Córdobas!, donde todo lo que puede expresarse se expresa con una sonrisa, elevan a lo más alto nuestro orgullo.

Don Apulio murió en 1963 y doña Waldina, quien llenó de ensueños a esta ciudad, murió el año pasado, dicen que con una sonrisa de azúcar en los labios. Don Escipión falleció en 1980, y doña Martha, quien tenía el sueño de llevar a las Córdobas a Estados Unidos, y pasó cagüingas y pailas de cobre por la aduana y alcanzó a antojar a los gringos con sus dulces, abrió sus alas y nos dijo adiós en una silenciosa tarde de 1998. Hoy, cuando veo al sol y a los pájaros en la mañana y escucho risas entre las nubes, pienso que si hay días hermosos como éste es porque Dios está contento, porque tiene quién le haga las galletas.

Las Córdobas son una puerta del tiempo. Los muñecos de Walt disney rellenos de licor, los dulces de vilanca, arracacha, casabe, lulo, alejandrino, guayaba, las brevas, alfandoques, cucas, caspiroletas, achiras, deditos, gelatinas, turrones, empanadas de cambray, pandeyucas, caramelos, panelitas de leche, la avena, el kumis, las orejas, brownis, turrones, quicenos, cuaresmeros, bombones de coco, sellitos de manjarblanco, bananas de aguardiente y las tortas pastor y de coco, han servido para que los Palmiranos abran las puertas de su memoria y regresen a su infancia y juventud; como lo harán, estoy seguro de ello, las futuras generaciones, que en una mezcla de alegría y nostalgia sabrán decir algún día: “aquí me traía mi papá”; para que todo, como siempre sucede, vuelva a comenzar.

Las Córdobas: más que un lugar, es un sentimiento que se guarda aquí, entre el paladar y el corazón.

Agradecimientos especiales a María Claudia Figueroa
Libros de consulta: Palmira esta es su historia, de Alberto Silva Scarpetta Palmira histórica de Tulio Raffo
y Anuario estadístico de Palmira.

Comentarios (0)Add Comment

Escribir comentario

security code
Escribe los caracteres de la imagen


busy
 
Este sitio web es válido en CSS Este sitio web es válido en XHTML
Licenced by Creative Commons  2005-2007 por Vera Carvajal
  Joomla , diseñado por Astrolabio , hospedado en Nidohosting
Inicio · Artículos · Cuentos y escritos · Reseñas · Recetas con sabor a nosotros · Links a otros sembradíos · Libro de abrazos · Vera Carvajal · Contacto