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¡Qué alegre y fresca la mañanita! Me agarra el aire por la nariz; los perros ladran, un chico grita y una muchacha gorda y bonita, junto a una piedra, muele maíz.
Un mozo trae por un sendero sus herramientas y su morral; otro, con caites y sin sombrero, busca una vaca con su ternero para ordeñarla junto al corral.
Sonriendo a veces a la muchacha, que de la piedra pasa al fogón, un sabanero de buena facha casi en cuclillas afila el hacha sobre una orilla del mollejón.
Por las colinas la luz se pierde bajo el cielo claro y sin fin; ahí el ganado las hojas muerde, y hay en los tallos del pasto verde escarabajos de oro y carmín.
Sonando un cuerno corvo y sonoro, pasa un vaquero, y a plena luz vienen las vacas y un blanco toro, con unas manchas color de oro por la barriga y en el testuz.
Y la patrona, bate que bate, me regocija con la ilusión de una gran taza de chocolate, que ha de pasarme por el gaznate con las tostadas y el requesón.
Rubén Darío
La última estrofa de este poema era cantado por la tía Margarita cada mañana. Oirla en su cocina de fogón de leña mientras batía el chocolate, que ella misma hacia, era la promesa de un buen día.
La tía cantaba a Rubén Darío, quien lo iba a creer.
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