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martes, 25 de septiembre de 2007 |
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Esta fábula de Augusto Monterroso, es una especie de advertencia a quienes pretendemos el oficio de escritor, en esta época considerado un oficio tan necesariamente aséptico, estelirizado de las propias convicciones, a no ser claro, que estan deriven en un velado apoyo al sistema de cosas instituida, caso en que cualquier filtración ideológica no solo se perdona, sino que se premia con la entrada al parnaso de la intelectualidad mediática.
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miércoles, 26 de julio de 2006 |
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El elogio al cuadrado
Por Lizardo Carvajal
Un campesino de la ciudad japonesa de Shikoku, años atrás desarrolló un método macabro para hacer sandías cuadradas. El sistema cuadrático es bien simple y rudimentario. Consiste en meter, desde pequeñas, a la sandía en una caja de cristal. La joven sandía comienza a crecer y al chocar contra la cruel pecera, sus hermosas curvas se empiezan a moldear con la forma del cúbico receptáculo...
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lunes, 28 de noviembre de 2005 |
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La dulcería que vio crecer a Palmira Por Mauricio Capelly
Fue una tarde de julio de 1911, cuando el coche de cuatro caballos se detuvo en el Parque Bolívar. Una banda de músicos, cuenta mi abuela, recibió a los viajeros, entre quienes habían dos señoritas vestidas de blanco. -Bienvenidas a la Villa de las Palmas, les dijo el de la guitarra, mi nombre es Arístides Rengifo Viveros. Las señoritas colorearon sus mejillas y dejaron volar un par de sonrisas. -Gracias, muy amable, contestó una. Enseguida alzaron sus rostros mirando con curiosidad las altas casas de alero con estrechos balcones de madera. -¿Vienen de Popayán?, preguntó aquel. -Si, contestó la otra, ella es María de los Ángeles y yo soy Herlinda. -¿Y qué las trae por acá?, indagó de nuevo el hombre. Las señoritas giraron en sí observando a la gente que se abría paso con sus sueños en las calles, y se quedaron quietas como si la respuesta les empezara a germinar como una flor desde las entrañas. -Las ganas de salir adelante, señalaron al mismo tiempo, con un optimismo sólo visto en quienes tienen un motivo sincero por el cual vivir. Luego caminaron hacia el parque. |
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sábado, 26 de noviembre de 2005 |
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La dulcería que vio crecer a Palmira
Por Mauricio Capelly
Fue una tarde de julio de 1911, cuando el coche de cuatro caballos se detuvo en el Parque Bolívar. Una banda de músicos, cuenta mi abuela, recibió a los viajeros, entre quienes habían dos señoritas vestidas de blanco. -Bienvenidas a la Villa de las Palmas, les dijo el de la guitarra, mi nombre es Arístides Rengifo Viveros. Las señoritas colorearon sus mejillas y dejaron volar un par de sonrisas. -Gracias, muy amable, contestó una. Enseguida alzaron sus rostros mirando con curiosidad las altas casas de alero con estrechos balcones de madera. -¿Vienen de Popayán?, preguntó aquel. -Si, contestó la otra, ella es María de los Ángeles y yo soy Herlinda. -¿Y qué las trae por acá?, indagó de nuevo el hombre. Las señoritas giraron en sí observando a la gente que se abría paso con sus sueños en las calles, y se quedaron quietas como si la respuesta les empezara a germinar como una flor desde las entrañas. -Las ganas de salir adelante, señalaron al mismo tiempo, con un optimismo sólo visto en quienes tienen un motivo sincero por el cual vivir. Luego caminaron hacia el parque.
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