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Adiós a la originalidad
Tras una campaña publicitaria que, anunciaba de forma insistente a un nuevo René Higuita, estuve sentada a la hora en punto del domingo 25 de septiembre, para ver el cambio extremo de mi arquero favorito.
Algo dentro de mí gritaba: por favor, que sea una broma. Pero no, el registro del programa indicó cada una de las ocho cirugías estéticas y el proceso acelerado, que llevó finalmente a Higuita al encuentro con su familia y amigos, y claro, a la presentación de su nuevo look a los medios.
El cambio parecía muy sutil, cambios de forma, de ropa, de estilo. Cosas sin trascendencia, pensé, porque en el fondo, seguiría existiendo el mismo René, el mismo hombre sencillo del barrio Castilla de Medellín, el mismo hombre de amistades leales y peligrosas, el hijo de María Dioselina, el mismo que dio vida a la magistral jugada del escorpión, el mismo cuya historia personal siempre estará ligada a la historia del fútbol colombiano.
Son cambios sutiles, me consolaba. Y de verdad, no se ve nada mal, algo de su bella feura y su extravagancia sobrevivió. Aún así, algo no dejaba de molestarme, como si hubiesen tocado algo de gran valor; algo que sonaba a negocio, a homogenización, a intolerancia; a la deshonesta instrumentalización de los símbolos, de los iconos de nuestro país.
El pelo crece, tal vez Higuita vuelva a su vieja pinta, pero el daño ya esta hecho, el mensaje tirado como dardo: métete en el molde amiga, amigo, de un cirujano plástico, solo así podrás ser feliz.
Me pregunto ¿qué podrían o qué hubiesen podido hacer con Einsten, Pedro Guerra, Gandhi, Rigoberta Menchú, Jaime Garzón, en su estrecha lógica de la belleza?
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