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¿Será verdad, que la verdad es más importante que los hechos? Pues eso parece defender la filosofía de uno de los realities show de mayor audiencia en la historia de la televisión colombiana, La verdad y nada más que la verdad, realitie cuyo mecanismo simple de prueba de polígrafo, cambia a sus participantes las verdades del lado más oscuro de su propia existencia por dinero.
El show está bien montado: público en penumbra; al centro, periodista y participante; sofá con puesto para tres acompañantes especiales; al fondo un tablero electrónico que pasa la pregunta y el veredicto del polígrafo; edición con música tenebrosa, de suspenso; al final, no importa que se diga, siempre llegan los aplausos.
Los participantes tienen claro a qué van al show. Las intensiones parecen ser las más diversas como se ha visto: desde el simple deseo del dinero, hasta la venganza. Todos saben que algunos después de develar su verdad pueden irse sin un peso, todos saben que después su vida nunca será igual. Y aún así van, tras esos minutos de gloria y fama televisiva.
Estar en el concurso como participante no creo que dignique o que libere, pues las verdades expuestas al escarnio público han sido pagadas para alimentar el show, para el negocio del morbo y el rating. Este realitie es un espacio donde no hay lugar para las verdades amables, solo para la truculencia, para el envilecimiento, nunca para ser mejores y más racionales. Me pregunto realmente qué puede llevar a una persona a confesar delitos, a romper lazos familiares, a admitir infidelidades, a escurrir odios en medio de uno de los programas de mayor audiencia.
¿Será que La verdad y nada más que la verdad, es verdad? ¿O es una preparación social al sistema de justicia que se quiere implantar donde la confesión es lo que importa y no los hechos, que por supuesto no tendrán ni reparación, ni mucho menos justicia? ¿Será que debemos concluir de este dinámico juego que todos podemos tener un lado tan oscuro que nadie puede lanzar la primera piedra? ¿Que al que diga la verdad, no importa que haya hecho, debemos premiarlo?
Desde hace cinco años los realities están formando valores en la forma de interaccion humana, están queriendo decir “así es la sociedad” cuando resulta que ellos están influyendo para que “así sea la sociedad”. Es una tendencia evidente.
Es dificil escapar del morbo y querer tener allí a más de un político, al mismo presentador del programa, a los actores del conflicto armado, por ejemplo. Pero además de la profunda sospecha que tengo frente a la rigurosidad científica del artificio, pienso que el verdadero riesgo es que podríamos terminar cada quien con un polígrafo portatil, dando el veredicto de una llegada tarde del marido, o de una excusa laboral, por ejemplo, condenándonos a todos a la desconfianza, al desquebrajamiento de la palabra, al quiebre sin reparo del tejido humano.
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