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El vértigo del no futuro
"Los de allá matan a los de aquí porque son de aquí. Y los de aquí matan a los de allá porque son de allá. Son muchachos. Es que estamos en manos de muchachos armados. Este es todo el problema. La vida de nadie vale nada".
Con estas palabras inicia La Sierra, sorprendente documental realizado por los periodistas Margarita Martínez y Scott Dalton, presentado oficialmente en nuestro país por el Canal Caracol en alianza con Semana, ayer, 2 de octubre.
Estas palabras de apertura me hicieron acordar del comentario de un taxista, hablando de un atraco reciente: “Hay señora, es que si no vale la plata, mucho menos la vida”.
Tal vez, La Sierra, no debería comenzar con estas palabras sino con otras, que narran la primera muerte, la muerte del abuelo de uno de sus protagonistas —Mi papá era lo más malo que había. Al papá de él lo mataron a machete y al que lo mató lo mataron a piedra. Esos fueron los primeros muertos de por aquí—
Y es que este documental fue filmado en Medellín, pero de hecho, podría haber tenido como escenario Bogotá, Cali, o las favelas de Río de Janeiro: casas colgadas de las laderas, desafiantes de la gravedad; caminos de polvo, con la otra ciudad, lejana y ajena, a sus pies.
Los protagonistas son Edison, Jesús y Cielo, pero seria posible que tomaran mil nombres, mil rostros, sin cambiar la trama. Por que tal vez lo más extraordinario del documental y sus tres historias entrelazadas y paralelas, es que no son extraordinarias, son la historia común de los herederos de la violencia y la miseria transgeneracional que niegan la fe en el futuro y un final feliz.
Al fondo de las narraciones en primera persona, está la guerra entre las milicias del ELN y el Bloque Metro, y el posterior conflicto de los paramilitares del Bloque Metro y el Bloque Cacique Nutibara.
No sé lo que siento por él, pero ojala no sea amor
Uno de los aspectos del documental que más me llamó la atención, es esa visión femenina que se desliza detrás del rugido de las balas. —Yo quería que mis hijos fueron mujeres porque las mujeres sobreviven más— Ese llamar permanente a la vida, ese jugársela de nuevo por otro, ese volver a apostar, ese dolor que no se calla y se deja salir sin etiqueta, sin el glamour que tienen los ricos hasta en la muerte.
La presencia de Cielo, las muchas mujeres de Edison y la mujer de Jesús, es conmovedora. No quiero decir que las mujeres sean ajenas al conflicto. No. Ellas son víctimas pero también promueven la venganza y premian el poder que las armas y una moto pueden dar, ellas tienen su propia guerra, pero tal vez son, junto a los hijos, el polo a tierra, el amarre a futuro, el llamado a la cordura, a lo poco de humanidad que va quedando.
Ellas saben que al final solo les espera la soledad, la dignidad que se doblega frente a la carga económica y un juego de muñecas sin papá y puede ser, muy pronto, sin hijos. —Lo que si me duele es que él le dedique más tiempo a las armas que a uno— Al final quedarán solas con sus recuerdos y sus muertos a cuestas.
Esta guerra la podremos sobrevivir pero llegará otra a la que no: El que apague el ojo está muerto
Dios y madre son religión. Son el cúmulo de valores que sin embargo no les aleja del gatillo. —A quien usted quiere más, claro, diferente a su mamá—
Hay que estar de algún lado para sobrevivir en un lugar donde la mayoría de edad se adquiere a los 10 años De qué lado se esté no tiene que ver para ellos con ideologías, tiene que ver con algo más primario. La diferencia está muchas veces, entre nacer de un lado o del otro del barrio.
Nuestra historia, como sociedad, estará siempre ligada a las migraciones causadas por la violencia. Somos un país de desplazados, donde las raíces no han podido pelechar. Donde las certezas no existen, donde la vida hay que beberla o borbotones mientras se tenga y en ese ir y venir todo se hace superlativo: las fiestas, las pasiones, los odios, los amores. La identidad se trastoca, —salió morenito pero bueno— pues la política de tierra arrasada no solo se da en la carne y en los huesos, tal vez donde se siente con mayor fuerza es en ese sueño colectivo, en ese querer ser, en la memoria que se hace frágil y amañada —No me gusta recordar los muertos—
La guerra parece ser un destino, un sino irreversible, muchos lo aceptan con fiera resignación —Que sea lo que dios quiera. La familia es la que da miedo— La guerra es por el territorio, porque el destierro es la derrota, la muerte. —Este es el destino mío luchar por lo que es mío. Esta es la guerra mía, esta es la ley mía—
El tiempo se conjuga siempre en presente —futuro todavía no hay—, el futuro lo dejan para sus hijos, también con la convicción que nada mejor les deparará, aunque tal vez, la ventana no este cerrada del todo —Yo si le voy a contar a mi hijo toda la historia mía para que no la repita, pero ojala no siga los mismos pasos. Esto no es vida—
El debate está abierto
Los que hemos visto el documental podíamos tener un presagio del final.
A mi me gustó por veraz, tan veraz, que tal vez en instantes es difícil entender el temple de la mano de quien estaba detrás de cámaras. Lo que si veo cuestionable es presentarlo para debate desarticulado de los jefes; de quienes están detrás de las guerras; de los capitales que nutren y se nutren del conflicto; de los que se lucran de esta tragedia; del aporte pasivo y activo del Estado colombiano. Del contexto en general.
Quizás sea demasiado pedir aún para dos valientes reporteros. Pero, plantear la discusión aislada de causas, de actores, aporta solo de una forma parcial a la discusión y a la propuesta de salidas. Falta polifonía de voces.
Después del documental, en Caracol vino la intervención de dos periodistas y los alcaldes de Medellín y de Bogotá, ciudades que tienen 2.500 y 4.000 reinsertados actualmente.
La propuesta del alcalde de Medellín, Sergio Fajardo, se centra en tres puntos: 1. Recobrar presencia legítima. 2. Reinserción con seguimiento individualizado y evaluado. 3. Romper la transmisión generacional de la violencia.
Las propuestas de Lucho hablan de dar certidumbres de futuro y tolerancia. Trabajar el problema de la reinserción como problema social siendo el Estado garante de las soluciones.
Hablaron de perdonar pero no olvidar, entre otras cosas importantes.
Entre tanto Pirulo, el niño que narra como mataron a Edison, a su héroe, su modelo, vive allá, en algo que para todos es tanta realidad que parece ficción.
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