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Reseñas
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| viernes, 12 de mayo de 2006 | |
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(Sideways - 2004) Basada en la novela de Rex Pickett, creo que algo en resaltar es el maravilloso guión en manos de su también director Alexander Payne y de Jim Taylor. Miles, recién separado aún ama a su mujer, y solo quiere del viaje una botella de vino que le de sentido; Jack, quiere “aprovechar” al máximo sus últimos días antes de dar el sí definitivo, pero ambos se ven envueltos en dos romances que harán precipitar la crisis de su edad media, y lograrán que ninguno de los dos amigos llegue “intacto” del viaje. Esta inteligente comedia dramática me dejó varias reflexiones: la primera, lo absurdo de la preocupación que tenemos por conseguir el rótulo que nos identifique frente a los demás como hombres o mujeres de éxito; la segunda, que uno puede volverse un catador de la vida, o andar por ahí embriagado sin saber qué es lo que toma; la tercera, cómo es posible reírse tanto en una película y la cuarta (para mí) por qué a mi edad veo, me río y hasta me conmueven estas historias: ¡soy precoz! El éxito (Como me recuerda esta palabreja las inútiles clases de Espíritu Empresarial, de Og Mandino y de Piense y hágase rico) parece ser el fin último de la existencia de los hombres y mujeres de este tiempo. Una marca dorada en la frente que aparte de una vez por todas de los fracasados, de la mediocridad, de los ordinarios, de los que no han logrado ni dinero, ni reconocimiento, ni una casa grande en uno o dos estratos más arriba del que nació, ni un carro de agencia; los que no tienen ni los títulos y pos grados necesarios para ocupar puestos directivos, ni lograrán que sus hijos estudien en colegios privados; los que no tienen visa “americana”, ni cirujano plástico de cabecera; ni una larga agenda con nombres de gentes influyentes, ni una cartera llena de tarjetas crédito en dólares… Tan diferente propuesta a la de volverse catador de la vida: olerla, disfrutar el cuerpo y los aromas desprendidos, los taninos que alegran el alma, retenerla en el paladar cerrando los ojos y disfrutando cada pequeño sorbo. Claro que uno pueda andar por la vida embriagado sin saber qué fue lo que se tomó, pero se habrá perdido del dulce encanto de nacer y vivir. El texto más memorable de la película se centra en el diálogo de Maya y de Miles, cuando hablan del pinot, de las lluvias, del sol que maduró las uvas y las manos que pasaron para que ese sorbo entre en el gusto de todos los sentidos. Como el pinot, así es la vida. Tal vez una última reflexión se me quedaba, tal como dice Alberto Cortéz: Amigos y nada más, el resto la selva… ¡Salud! Comentarios (1)
![]() golpe de estadio escrito por ,mayra ceballos, febrero 12, 2008
LA UNION HACE LA FUERSA SIN IMPORTAR DE DONDE PROCEDEMOS
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