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Uno no muere por que se enferma, se enferma para poder morir |
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lunes, 10 de septiembre de 2007 |
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Es extraño que en un país de tanta muerte la muerte sea tan ajena para uno mismo o los que quiere. A la muerte siempre se le soslaya, no se le mira a los ojos de absoluto vacío, agujeros negros que nos llevan a la nada, o al inicio, al infierno o al paraíso, al nirvana, o al remolino de átomos, de lo que estamos hechos.
Con la enfermedad sin remedio de mi suegro, a quien creí a pesar de su edad imbatible, casi inmortal, la idea de la muerte muerde mis talones cada noche. Veo a mi suegro en su dignidad, en su llanto de nostalgia y de orgullo, en sus ojos de recuerdos ya tan esquivos, en su pulso de conejo cansado que se resiste al cazador. Lo veo y entiendo, como antes no había podido entender, una verdad que alguien me contó: uno no muere porque se enferma, uno se enferma para poder morir. Elemental verdad que hace que uno abra el puño con que se aferra a la vida y así poder entender la naturaleza finita y corpórea de la que uno está uno hecho, no ya la muerte como una abstracción, sino como el último hecho poético al que la vida misma nos aboca.
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