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Quiero pensar que nuestros días se empeñan en pasar como un racimo de uvas llevado a la boca o como se desgrana una mazorca fresca de maíz, uno tras otro, como llegados de antiguas cosechas, de antiguos soles, con el don fecundo de ser semilla para el porvenir. Eso quiero pensar, eso quiero vivir.
Pero me sorprende este pasar de tiempo que se desliza como agua entre mis manos, este pasar del tiempo, tan escurridizo pero tan contundente. Me aterra esta sensación de estar sentada a la orilla del camino como espectadora distante de la vida, esta sensación que me estrella de golpe con lo mortal que soy, con el instante que en que dejaré de ser.
Podríamos haber pensado nuestro tiempo en un tic tac diferente a las manillas del reloj. Un pasar del tiempo menos apremiante, un poco más benévolo. Las abuelas dicen, y debe ser cierto, que el tiempo antes rendía más, que de un año a otro, el tiempo se dejaba acariciar, deshilar y hasta tejer.
Quiero pensar que los días, mis días, son un racimo de uvas o una mazorca fresca de maíz, no en definitiva, una cuenta regresiva.
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