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La comida es un goce, casi un ritual donde los sabores se reinventan, donde lo ancestral se pone traje de gala nuevo y donde la mixtura de los sabores se reúnen para entregar en cada plato una sorpresa al gusto. En Perú, me atrevo a decir, en todo lugar se come bien, porque hay un disfrute innato donde la comida es comunión con la tierra, es una forma de honrarla, de complacerla, sentarse a comer es mucho más que el acto cotidiano de sobrevivencia.
Lo que me gustó más de la comida peruana es que no tiene esas altas pretensiones de la cocina internacional, no, la comida peruana es cotidiana y su encanto consiste en exaltar los sabores básicos: el camote, el zapallo o auyama, las papas en sus mil variedades, el fríjol, el rocoto, las frutas, el pescado, las carnes, los quesos… y por supuesto el maíz que se da grande en su grano, de colores inverosímiles, una fiesta a los sentidos.
Viajar por Perú es un viaje para el paladar. El ceviche peruano, uno de sus platos de presentación a nivel internacional, si que es bueno, en especial creo yo, por la variedad de limón que tienen, pues su acidez es agradable y no fatiga; el ají de gallina es suculento; los rocotos rellenos, son un reto delicioso y picante; el sabor de la lúcuma, prodigioso; la chicha morada es refrescante y suave; las salsas deliciosas como la de ají amarillo, los amasijos como los picarones en miel o el pastel de algarrobita el suspiro a la limeña son para comer uno y otro y otro y aun, creaciones a las cuales les tenía yo mi reserva como el dulce de frijol son un disfrute.
En Cusco tuvimos la fortuna de tener a una familia anfitriona insuperable. De ellos, hace parte mamá Rossina, una mujer cusqueña, de la cual comimos de sus manos con una mezcla deliciosa de conversatorio de arte, política, cultura propia, en la que nos guiaba por los sabores, sus historias y el sentido tan bien conservado de los alimentos. Será por eso que cocina tan rico.
Podría seguir enumerando platos y adjetivos, pero en síntesis, solo quiero decir que la gastronomía del pueblo peruano es un goce para el gusto y para el alma, pues esta llega transmutada en una celebración a la vida a donde mejor se anida la memoria.
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