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Aterrizar en Lima es sorprendente. Para arribar, los hermosos Andes quedan a un lado, para dar paso a un mar espeso de niebla que deja ver los picos como pequeñas islas lejanas, un mar espeso en el que el avión se zambulle para llegar a una ciudad inmensa, plantada en el desierto, con ocho millones de historias entrecruzadas.
Desde el cielo lo primero que pude ver de Lima son sus techos planos, que dan testimonio de la ausencia de lluvia. Ya en el aeropuerto Jorge Chávez y al abrirse la puerta del avión, un olor a Pacífico, salado y crustáceo, advierte que a pesar del frío, estamos en la costa.
Tal vez lo que me impactó más de Lima fue su cielo de junio: como si la puesta en escena tuviera un cielo inmóvil, un cielo que siempre amenaza con llover y sin embargo nunca llueve, porque en Lima no llueve: garúa.
- Está garubiando señorita….
Yo, acostumbrada a los aguaceros torrenciales de Colombia al inicio poco entendí, no vi más que una llovizna menudita. Pero poco a poco, cuando fui adentrándome más en la geografía de Lima y de sus gentes, pude entender que el cielo y la garúa, más que fenómenos atmosféricos, son puro estado de ánimo que marca la cadencia de una ciudad antigua en invierno, donde la gente es apacible como la garúa, donde el tiempo es paciente, como la garúa.
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