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viernes, 15 de agosto de 2008 |
Hablar de Qosco no es fácil porque de alguna manera, hablar de Qosco, es hablar de lo trascendental. No es gratuito que su nombre signifique centro, ombligo o cinturón, pues esta ciudad milenaria fue fundada en el lugar donde según la cosmovisión inca confluían el mundo de abajo (Uku Pacha) con el mundo visible (Kay Pacha) y el mundo superior (Hanan Pacha).
Existen innumerables tratados sobre historia de la ciudad. Por ello, me remitiré solo a lo que puedo contar de lo que viví, y por lo tanto, lo primero que debo confesar es que más que viajar a conocer a Cusco, fue algo como volver, porque sentí que lo que esa ciudad tenía de alguna manera me pertenecía, así como de alguna manera yo pertenecía a esa ciudad.
Fue algo así como un reencuentro con las calles angostas de San Blas; el cielo tan limpio, tan celeste; la plaza; la densidad del aire; las bases de piedra de la ciudad inca dispuestas como mazorcas de maíz… Nada de esa ciudad me era ajeno, menos aún la gente cobriza, que tiene la virtud de la sonrisa florecida. Para sentirse en Qosco hay que salirse de las guías turísticas y meterse en el alma de la ciudad, en sus saberes, en su identidad ancestral. Se necesita agudizar un poco el oído y escuchar las historias alucinantes de los muros susurrantes; se necesita ver el cielo y entender las coordenadas de la Cruz del Sur; se necesita el goce que da el olor de la alpaca, el disfrute del cromatismo andino, la historia de mestizaje que hace del comer un ritual donde el dolor de la invasión se sana, se necesita descubrir la auténtica melancolía de las quenas y los charangos… se necesita abrir el espíritu para empezar de nuevo el tejido del cordón que nos ata al universo.
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