|
lunes, 31 de marzo de 2008 |
Timaná es el pueblo de mi padre, y de mi abuela, de mis tías abuelas y de mis bisabuelos, es también el pueblo donde tengo guardados varios recuerdos de mi infancia, es tal vez la tierra que me sembró el gusto por los bambucos y la generosidad en la comida. La última vez que fui por unos días a Timaná fue hace un poco más de 20 años.
Cuando estaba niña ir a Timaná tenía varios encantos: el viaje largo pasando la cordillera que de Popayán lleva a Santa Leticia, La Plata, Garzón, Altamira, el paso tenebroso por el Pericongo que antecedía el final del camino a Timaná, después de 15 horas de viaje desde Cali; mis tías abuelas, Margarita y Ascensión Rodríguez, porque olían a tabaco, andaban descalzas, eran libres y tenían metida la alegría debajo las alas a pesar de sus eternos pero entretenidos alegatos; la casa de bahareque, su una única ventana pequeña a la calle, la cocina de olor a leña encendida y los árboles de mandarina, refugio de azulejos juguetones; las noches sin energía y los cuentos de terror de doña Fanny la vecina, quien hubiese podido tener ese por su oficio; los primos, la familia; el acento y la cadencia opita; la fascinación que ocasiona ese pueblo antiguo y mítico. La Semana Santa que pasó, decidimos viajar en familia. Mis hijos pensaron como destino a San Agustín y yo me hice cómplice, a pesar de los reclamos del padre de ellos, a quien no le hacia gracia la vuelta enorme por Ibagué y Neiva que de Cali se debe dar para llegar al sur del Huila, cuando se viaja en automóvil. El primer día de viaje dormimos en Neiva. Al día siguiente, después de ver y gozar del río Magdalena por su paso en el Malecón, partimos al sur, en busca de San Agustín. Sin embargo, mi destino secreto, el más importante, era Timaná. Desayunamos en Hobo y los recuerdos se colaron en medio de las achiras, los quesillos, los tamales y la Kola Condor. Al pasar Altamira, tuve de nuevo el miedo que se anida en las vértebras lumbares por el paso por El Pericongo, pero el paso por este no tuvo nada de mis recuerdos. Ahí estaba el acantilado majestuoso, pero sin la faena y la adrenalina del camino angosto y destapado. Al llegar a Timaná encontré su Ceiba con sus historias. Pude oír de nuevo a mi tía Ascensión que convencida de su veracidad decía que debajo de esta Ceiba había un filón de oro, el cual nunca podía ser sacado porque el pueblo entero se hundiría. Pude conocer de cerca la escultura de La Gaitana, altiva con la cabeza de Añasco; la bellísima iglesia de San Calixto: la panadería donde con mis hermanos conseguíamos las monedas de chocolate envueltas en papel dorado que nos hacía enormemente ricos; el marco de la plaza fundamentalmente igual, conservada, como intacta sentí la naturaleza buena de su gente. Quise ir entonces a la casa de mis tías abuelas, pero por una extraña jugada del recuerdo o de los años que han cambiado las geografías de las pequeñas calles, no la encontré. La comitiva de mi viaje estaba ansiosa y partimos más hacia el sur, hacia Pitalito y San Agustín. Pero algo mío, algo muy importante se quedó en Timaná. Tendré entonces que volver para encontrarlo
|