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Tierra de Maíz - El Blog de Vera Carvajal

Quiero pensar que los días, mis días, son un racimo de uvas o una mazorca fresca de maíz, no en definitiva, una cuenta regresiva. 

 
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San Cipriano: Paraíso con brujas PDF Imprimir E-Mail
jueves, 05 de enero de 2006
Se no junde ya la luna; Remá, remá.

¿Qué hará mi negra tan sola?Llorá,llorá.
Me coge tu noche escura; San Juan, San Juan.
Oscura como mi negra; Ni má, ni má.
La lú de su s’ojo mío; Der má, der má.
Lo relámpago parecen, Bogá, bogá.

Tal vez no sea coincidencia la presencia de brujas en San Cipriano, hermosa reserva verde esmeralda en el Pacífico Colombiano, donde no me pudieron decir a ciencia cierta si se llamaba San Cipriano, bien por el de Antioquía o bien por el Obispo de Cartago.

En San Cipriano, las brujas casi vuelan porque ya están “modernizadas”, atrás quedaron los años de palanca y freno en chancletas. Las brujas son simples en San Cipriano: un planchón de madera, balineras bien ajustadas y ahora, como gran innovación, una moto que impulsa con mayor velocidad y menos esfuerzo este singular medio de transporte que le compite clandestinamente la carrilera a el tren que suele pasar dos veces por día llevando mercancías al puerto de Buenaventura.

Así, en brujas, se llega al poblado. No son nada seguras, no son nada técnicas, pero al abrirse paso desde Córdoba (lugar donde se toman al pie de la carretera Cali-Buenaventura) hacia la espesura de la selva, la brisa fresca en el rostro, el verdor y el canto de las aves pueden contra el miedo cierto de encontrar un tren en vía contraría. El asombro vence ese muy cultivado fatalismo que tenemos los colombianos.

Veinte minutos de viaje en bruja son suficientes para encontrar la desembocadura del río San Cipriano al río Dagua, allí está la cabecera de la reserva, donde no más de 1.000 personas habitan allí, tiene una escuelita cerca, un centro de salud, y hasta un cementerio, por cierto muy poco poblado.

El sendero en lo que viene se recorre a pie para encontrarse con el río y su exquisita transparencia y su silencio.

Ya Jorge Isaac, en su María habría descrito de forma magistral la selva de esta región. Así, casi igual, la vi:

“De allí para adelante las selvas de las riberas fueron ganando en majestad y galanura: los grupos de palmeras se hicieron más frecuentes: veíase la pambil de recta columna manchada de púrpura; la milpesos frondosa brindando en sus raíces el delicioso fruto; la chontadura y la guatle; distinguiéndose entre todas la naidí de flexible tallo e inquieto plumaje, por un no sé qué de coqueto y virginal que recuerda talles seductores y esquivos. Las más con sus racimos medio defendidos aún por la concha que los había abrigado, todas con penachos color de oro, parecían con sus rumores dar la bienvenida a un amigo no olvidado. Pero aún faltaban allí las bejucadas de rojos festones, las trepadoras de frágiles y lindas flores, las sedosas larvas y los aterciopelados musgos de los peñascos. El naguare y el piáunde, como reyes de la selva, empinaban sus copas sobre ella para divisar algo más grandioso que el desierto: la mar lejana.”

San Cipriano es un paraíso en peligro después de la aprobación de la ley “maderera”, una ley que atenta contra el alma de los pueblos en su supervivencia y sobrevivencia. Esta ley es un mecanismo de privatización de los territorios colectivos ganados por las comunidades indígenas y afrocolombianas, es una forma de facilitar el camino al modelo de producción empresarial de los protegidos por el actual gobierno colombiano, una forma de usurpar más, un aporte a la inequidad, a la corrupción, a la violencia y a las deforestación de los bosques nativos.

Todavía es tiempo de ir y maravillarse, de oír el chillido lejano de los micos, de comer el encocado de michiyá de doña Eulalia, de nadar en las aguas transparentes, en los charcos profundos que dejan ver los cardúmenes de peces, de flotar en un río cálido y sin contaminación y sentirnos de nuevo como en el vientre de nuestra madre; de encontrar razones para defender un patrimonio que es de todos.

Para quienes gocen de la literatura aquí está un fragmento adicional de Jorge Isaac, donde describe la llegada de Efraín de vuelta de Londres al encuentro de María ya agónica.

Llegamos a San Cipriano. En la ribera derecha y en el ángulo formado por el río que da nombre al sitio, y por el Dagua, que parece regocijarse con su encuentro, estaba la casa, alzada sobre postes en medio de un platanal frondoso. No habíamos saltado todavía a la playa y ya Gregorio gritaba:

—¡Ña Rufina! ¡Aquí voy yo! —Y en seguida—: ¿Dónde cogió esta viejota?

—Buena tarde, ño Gregorio —respondió una negra joven, asomándose al corredor.

—Me tiene que da posada, porque traigo cosa buena.

—Sí, señó; suba pué.

—¿Mi compañero?

—En la Junta.

—¿Tío Bibiano?

—Asina no ma, ño Gregorio.

Laureán dio las buenas tardes a la casera y volvió a guardar su silencio acostumbrado.

Mientras los bogas y Lorenzo sacaban los trastos de la canoa, yo estaba fijo en algo que Gregorio, sin hacer otra observación, había llamado viejota: era una culebra gruesa como un brazo fornido, casi de tres varas de largo, de dorso áspero, color de hoja seca y salpicada de manchas negras; barriga que parecía de piezas de marfil ensambladas, cabeza enorme y boca tan grande como la cabeza misma, nariz arremangada y colmillos como uñas de gato. Estaba colgada por el cuello en un poste del embarcadero, y las aguas de la orilla jugaban con su cola.

—¡San Pablo! —exclamó Lorenzo fijándose en lo que yo veía—; ¡qué animalote! Rufina, que se había bajado a alabarme a Dios, observó riéndose, que más grandes las habían muerto algunas veces.

—¿Dónde encontraron ésta? —le pregunté.

—En la orilla, mi amo, allí en el chípero —me contestó señalándome un árbol frondoso distante treinta varas de la casa.

—¿Cuándo?

—A la madrugadita que se fue mi hermano a viaje, la topó armaa, y él la trajo para sacarle la contra. La compañera no estaba ahí, pero hoy la vi yo y él la topa mañana.

La negra me refirió en seguida que aquella víbora hacía daño de esta manera: agarrada de alguna rama o bejuco con una uña fuerte que tiene en la extremidad de la cola, endereza más de la mitad del cuerpo sobre las rocas del resto: mientras la presa que acecha no le pasa a distancia tal que solamente extendida en toda su longitud la culebra, pueda alcanzarla, permanece inmóvil, y conseguida esa condición, muerde a la víctima y la atrae a sí con una fuerza invencible: si la presa vuelve a alejarse a la distancia precisa, se repite el ataque hasta que la víctima expira: entonces se enrolla envolviendo el cadáver y duerme así por algunas horas. Casos han ocurrido en que cazadores y bogas se salvan de ese género de muerte asiéndole la garganta a la víbora con entrambas manos y luchando con ella hasta ahogarla, o arrojándole una ruana sobre la cabeza; mas eso es raro, porque es difícil distinguirla en el bosque, por asemejarse armada a un tronco delgado en pie y ya seco. Mientras la verrugosa no halla de dónde agarrar su uña, es del todo inofensiva.

Rufina, señalándome el camino, subió con admirable destreza la escalera formada de un solo tronco de guayacán con muescas, y aun me ofreció la mano, entre risueña y respetuosa, cuando ya iba yo a pisar el pavimento de la choza, hecho de tablas picadas de pambil, negras y brillantes por el uso. Ella, con las trenzas de pasa esmeradamente atadas a la parte posterior de la cabeza, que no carecía de cierto garbo natural, follao de pancho azul y camisa blanca, todo muy limpio, candongas de higas azules y gargantilla de lo mismo, aumentada con escuditos y cavalongas, me pareció graciosamente original, después de haber dejado por tanto tiempo de ver mujeres de esa especie; y lo dejativo de su voz, cuya gracia consiste, en gentes de la raza, en elevar el tono en la sílaba acentuada de la palabra final de cada frase; lo movible de su talle y sus sonrisas esquivas, me recordaban a Remigia en la noche de sus bodas. Bibiano, padre de la núbil negra, que era un boga de poco más de cincuenta años, inutilizado ya por el reumatismo, resultado del oficio, salió a recibirme, el sombrero en la mano, y apoyándose en un grueso bastón de chonta: vestía calzones de bayeta amarilla y camisa de listado azul, cuyas faldas llevaba por fuera.

Componíase la casa, como que era una de las mejores del río, de un corredor, del cual, en cierta manera, formaba continuación la sala, pues las paredes de palma de ésta, en dos de los lados, apenas se levantaban a vara y media del suelo, presentando así la vista del Dagua por una parte y la del dormido y sombrío San Cipriano por la otra: a la sala seguía una alcoba, de la que se salía a la cocina, cuya hornilla estaba formada por un gran cajón de tablas de palma rellenado con tierra, sobre el cual descansaban las tulpas y el aparato para hacer el fufú. Sustentado sobre las vigas de la sala, había un tablado que la abovedaba en una tercera parte, especie de despensa en que se veían amarillear hartones y guineos, adonde subía frecuentemente Rufina por una escalera más cómoda que la del patio. De una viga colgaban atarrayas y catangas, y estaban atravesadas sobre otras, muchas palancas y varas de pescar. De un garabato pendían un mal tamboril y una carrasca, y en un rincón estaba recostado el carángano, rústico bajo en la música de aquellas riberas.

Pronto estuvo mi hamaca colgada. Acostado en ella veía los montes distantes no hollados aún, que iluminaba la última luz amarilla de la tarde, y las ondas del Dagua pasar atornasoladas de azul, verde y oro. Bibiano, estimulado por mi franqueza y cariño, sentado cerca de mí, tejía crezneja para sombreros, fumando en su congola, conversándome de los viajes de su mocedad, de la difunta (su mujer), de la manera de hacer la pesca en corrales y de sus achaques. Había sido esclavo hasta los treinta años en la mina del Iró, y a esa, edad consiguió, a fuerza de penosos trabajos y de economías, comprar su libertad y la de su mujer, que había sobrevivido poco tiempo a su establecimiento en el Dagua.

Los bogas, con calzones ya, charlaban con Rufina; y Lorenzo, después de haber sacado sus comestibles refinados para acompañar el sancocho de nayo que nos estaba preparando la hija de Bibiano, había venido a recostarse silencioso en el rincón más oscuro de la sala.

Era casi de noche cuando se oyeron gritos de pasajeros en el río: Lorenzo bajó apresuradamente y regresó pocos momentos después diciendo que era el correo que subía; y había tomado noticia de que mi equipaje quedaba en Mondomo.

Pronto nos rodeó la noche con toda su pompa americana: las noches del Cauca, las de Londres, las pasadas en alta mar, ¿por qué no eran tan majestuosamente tristes como aquéllas?

Bibiano me dejó, creyéndome dormido, y fue a apurar la comida. Lorenzo encendió vela y preparó la mesita de la casa con el menaje de nuestra alforja.

A las ocho todos estaban, bien o mal, acomodados para dormir. Lorenzo, luego que me hubo acomodado con esmero casi maternal en la hamaca, se acostó en la suya.

—Taita —dijo Rufina desde su alcoba a Bibiano, que dormía con nosotros en la sala—: escuche su mercé la verrugosa cantando en el río.

En efecto, se oía hacia ese lado algo como el cocleo de una gallina enorme.

—Avísale a ño Laureán —continuó la muchacha— para que a la madrugada pasen con mañita.

—¿Ya oíte, hombre? —preguntó Bibiano.

—Sí, señó —respondió Laureán, a quien debía de tener despierto la voz de Rufina, pues según comprendí más tarde, era su novia.

—¿Qué es esto grande que vuela aquí? —pregunté a Bibiano, próximo ya a figurarme que sería alguna culebra alada.

El murciélago, amito —contestó—; pero no haya miedo que le pique durmiendo en la hamaca.

Los tales murciélagos son verdaderos vampiros que sangran en poco rato a quien llega a dejarles disponibles la nariz o las yemas de los dedos; y realmente se salvan de su chupadura los que duermen en hamaca.

Comentarios (1)Add Comment
Saludo
escrito por Carlos Solis, septiembre 04, 2008
Hola, estoy interesado en ir a pescar en el rio san cipriano o escalerete, que tal es este sitio para pescar?

gracias y un saludo

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