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Este fin de semana estuve de nuevo visitando a Miranda, población del norte del Cauca, famosa como zona roja, por las tomas del M-19 en los años ochenta y por estar dentro de la región de producción cocalera.
Ahí estuve en la plaza y en su galería. Caminando por las calles anchas y bien trazadas que su fundador, Julio Fernández Medina, dejó como requisito en la donación de tierras de los predios de su hacienda, El Espejuelo hace 106 años.
Una de las mejores cosas de los pueblos es el saludo de la gente. No falta ser muy cercano para saludar y entre esos saludos, se cuelan historias desconsoladoras unas, otras jocosas, una mixtura de lo terrible y lo cómico, una mixtura que deja en transparencia la realidad de la gente de nuestros pueblos, esa realidad que en la ciudad se disfraza de progreso, de civilidad, de arribismo.
La mañana del domingo y yo, escuchamos la historia entrecortada de una mujer y el dolor de su hijo asesinado en una pelea de amigos en el Putumayo. Se fue a buscar la vida por allá y mire, nos tocó traerlo muerto, todo por una mujer, y con 18 añitos… o las referencias por cuadra de los muchos jóvenes presos por narcotráfico Pagó siete años de cárcel, pero logró terminarle la casita a la mamá…si sabe que vienen las ferias no, qué miedo, claro que hace un año solo hubo un muerto… la candidez y la inocencia están prohibidas.
Fuera de ella llegaron otras voces, menos trágicas tal vez, y son las que quiero dejar a lo largo de esta semana, pues nuestros pueblos, son una cantera de sucesos que pasan de boca en boca, en los que se recrea y enriquece la realidad áspera y cotidiana: es esa su forma de cultivar la memoria.
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