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Desde muy pequeña tuve la certeza que mi hermano sería músico, pintor e inventor loco. De hecho, la primera composición la hizo a los tres años, con una sentida letra: “pan caliente, caliente, caliente, para la gente”. Y fue su primer éxito: hasta hoy todos quienes la oímos la recordamos. Lo de pintor, lo supe por las caricaturas en los cuadernos, hechas de seguro, en las aburridas clases de religión o matemáticas. Lo de inventor loco lo intuí, desde que los relojes aparecían desbaratados y vueltos complicados mecanismos de aparatos futuristas.
Hoy Lizardo, es un hombre y no me equivoqué. Sus canciones son nacidas desde sus entrañas, su particular forma de ver y proyectar el mundo, su país, sus ideales, sus afectos. Es un músico que le canta a su tiempo, el tiempo que nos tocó vivir, el tiempo en que nos tocó amar. Lizardo ha logrado construir un lenguaje propio, con habilidad de alfarero, nuevas metáforas.
A sus canciones acompaña de un interesante e innovador trabajo gráfico. No sé todavía, en últimas, si sus canciones son bellos frescos, o sus composiciones gráficas, bellas canciones. A su ingenio de inventor loco debo agregar de autos hechizos, el cocofono y el totumo banyo, dos piezas únicas en su trabajo de luthier.
Lizardo grabó su primer CD, Fabulario, tomó su mochila en febrero pasado de la mano de su novia, Silvia, también música y escritora (El Hecatónquiro y otros cuentos), y se fue en expedición por El Gran Indio Verde, que es América Latina. En este, además de kilómetros, paisajes y ciudades, han ganado amigos, y la posibilidad de cantar a nuestro país y contar de los dolores que nos aquejan y de los sueños que nos unen.
En la familia y en Astrolabio, nuestra empresa, cada día se le extraña más, pero sabemos que Lizardo tiene alas y su cielo es la música, y que mientras esté en América Latina estará en casa.
www.lizardocarvajal.com
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