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jueves, 03 de abril de 2008 |
Cuando conocí a Rafael Gómez encontré suficientes razones para quererlo. Digo, quererlo como una niña puede querer a un muchacho a los 12 años. Y es que a Rafa era simple quererlo, con su piel morena, su figura menuda y sobre todo, su infinita capacidad de escucha, su calma alegría, su sosiego.
Yo estaba en séptimo grado y él estaba en décimo. En poco, poquísimo tiempo, construimos una amistad franca y sólida que pisaba algo de esos terrenos escurridizos del amor. En el colegio todos nos creían “novios”, pero no había tal, para ser honesta, muy a pesar mío. Nos convertimos en inseparables, en cómplices y también en controversiales, especialmente en temas religiosos, por mi carácter anticlerical. Controversias que se terminaron el día que encontré una frase del cura Camilo Torres: “Muchos nos preocupamos por saber si el hombre es mortal, cuando sabemos que el hambre sí es mortal”. Se la entregué a Rafa copiado en una hoja de cuaderno como un argumento contundente. Eso es Teología de la Liberación, me dijo, y parte de lo que creo. Cuando pasé a octavo y él a once, llegaron los momentos de las definiciones y Rafa decidió ser sacerdote. Recuerdo el regocijo en sus ojos negros, su decisión férrea. Con tal que yo, no tuve más que sentirme feliz por él, especialmente por que comprendí que esa era finalmente su misión de vida, allí estaba toda su capacidad de entrega y la más pura convicción que en ser humano haya visto. Desde el seminario Rafael me escribió largas y profundas cartas, palabras llenas de una extraña y precoz sabiduría. Cartas a las cuales nunca respondí porque pensé que era lo mejor, tal vez lo mejor para mí y porque pensé que siempre, algún día, volvería a verlo. Y así pasaron 20 años, siguiendo vagamente su pista. Hace tres semanas, tal vez un poco más, mi amiga desde el bachillerato Alexandra Ortega me llamó. Puso un tono de esos trascendentes y me pidió que me sentara y me contó: Rafael Gómez murió el octubre pasado. Tal vez si creyera en Dios, o en Alá o en la Reencarnación sería más fácil: una vida futura llegaría, estaría el nirvana o el paraíso, o al menos tendría la oportunidad de agradecerle a Rafa por todas las palabras y todos los silencios, por enseñarme o montar bicicleta y hasta podría escribir la contestación a sus cartas y pensar que él podría escucharme. Pero no, sigo siendo atea y teniendo que llevar a cuestas lo más difícil de no creer en un dios: el abismo absoluto de la muerte. Aún así escribo: Rafa, en tu cielo de ángeles o en mi nada materialista siempre, siempre, amigo, le voy a querer.
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