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Tierra de Maíz - El Blog de Vera Carvajal

Quiero pensar que los días, mis días, son un racimo de uvas o una mazorca fresca de maíz, no en definitiva, una cuenta regresiva. 

 
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La madeja del recuerdo PDF Imprimir E-Mail
viernes, 07 de octubre de 2005

La memoria es como una araña hermosa y multicolor que caprichosa teje la red de los recuerdos. Un olor nos lleva a un sitio lejano, que llega de repente con un rostro, el calor de la piel, un gesto, un sabor, que nos trae de vuelta al ahora, para resignificarnos lo vivido.

Creo que estoy habitada de muchas gentes que han pasado por mi vida. Gentes que han dado lo mejor, y a quienes por supuesto, me une el afecto y la gratitud.

De aquellas personas memorables a las que debo mucho es a mis maestros. Creo que es difícil dimensionar la fuerza de un maestro en la vida de un niño. Acaso en la educación, esté la clave para curar a nuestra sociedad que se mueve como serpiente que clava sus colmillos en si misma.

 

Mi primer maestro fue mi padre. Tal vez a él me parezco como a nadie más. Me parezco en su terquedad y en sus empeños. Él me enseñó a leer en las historietas del periódico El Pueblo, y en las revistas de China Reconstruye, cuando solo tenía tres años.

Después de él vinieron otros maestros, hombres y mujeres. De algunos de ellos, tal vez los más queridos, la maneja del recuerdo se echa a rodar.

Noemí Alvarado

Fue mi maestra de preescolar. Noemí pulió mi deseo de leer y de crecer. Lo hizo con su ejemplo de mujer infatigable, sola, con sus tres hijos al cinto y sus muchos alumnos para los cuales siempre tenía una mirada amorosamente firme. Una mujer que construyó su mundo a pulso, desde su jardín en el barrio Panamericano, hasta el prestigioso colegio que hoy dirige, pues Noemí. Ella, no solo es una excelente maestra si no que dio a luz a otros excelentes maestros.

Cuando pienso en Gabriela Mistral pienso en ella. Cuando veo los niños, la noche de las brujitas pienso en ella, en ella y en esa que un día fui: pequeña y feliz, con uniforme verde a cuadritos esperando ansiosa el encuentro de cada día. Noemí es una presencia permanente en mi vida.

Hernán Arango

Tenía siete años cuando lo conocí. Extendió su mano grande y morena y ese fue el inicio de una gran amistad.

Hernán fue mi maestro de segundo de primaria en un colegio en que muchos queríamos estar porque no teníamos un uniforme rígido: yines y camisetas de algodón blanco. Niñas y niños por igual. Salones abiertos, árboles de caucho, camias, getsemaní, guayacanes y ocobos con grandes y olorosas flores, con las que preparábamos perfumes para enamorar a los niños.

Teníamos un gran espacio donde echar a volar la imaginación, pero ante todo, el reconocimiento especial de los niños como actores de la vida, como constructores presentes, diferente al concepto de larvas en letargo.

Todo lo de ese colegio me gustaba, pero sobre todo me gustaba Hernán, porque parecía que podía dar abrigo, se veía muy alto y uno podía llamarlo por su nombre y abrazarlo sin miedo.

Él hizo a los de segundo un grupo de niños amigos. Si algún día pudiéramos volver a estar juntos todos tendríamos en él un referente.

Con Hernán escribí mis primeros poemas y mi primer diario. Aprendí a aprovechar las críticas y a intentar criticar sin destruir. Aprendí a confiar en los adultos y en el porvenir.

En cuarto me fui para otra ciudad donde llegué a un colegio de monjas. Ellas, todas muy buenitas, todavía educaban con la idea de que el dolor edifica.

Hernán nos visitó años después, cuando yo tenía catorce. Desde entonces no lo veo. Perdí su rastro, pero jamás, lo que él me enseñó.

Álvaro Quintero

Debo admitir que fue mi amor platónico en el bachillerato. Por él me gustan los hombres feos, las manos grandes y las voces graves de los narradores.

Álvaro fue mi maestro de español y literatura. Él me enseñó lo que sé de ortografía, pero más que eso, me enseñó el valor de la palabra.

Siempre esperaba la clase de español y sus lecturas memorables. Álvaro sabía que me gustaba escribir y me animaba a hacerlo, por eso fue quien apoyó —con su propio dinero— la primera edición del periódico escolar Hina Mantara (de nuestra causa, en quechua) que duró un largo tiempo, y quien también apoyó los montajes de teatro escritos por nosotros mismos.

De la mano de Álvaro conocí lo sublime de la poesía, la fuerza de dardo de los cuentos y lo maravilloso de nuestra forma narrativa latinoamericana.

Mario Díaz Burbano

Mario es un negro grande, muy grande y resultaba aún más grande para un grupo de adolescentes que sentados lo miraban pasearse, entre los pupitres.

La enseñanza de Mario fue simple y categórica: No se hagan ‘vendejabones’ con la vida, ustedes vienen aquí a estudiar para la libertad…

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