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Tierra de Maíz - El Blog de Vera Carvajal

Quiero pensar que los días, mis días, son un racimo de uvas o una mazorca fresca de maíz, no en definitiva, una cuenta regresiva. 

 
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Entre Popayán y Cali PDF Imprimir E-Mail
viernes, 05 de agosto de 2005


Tal vez tenga 20 años y posiblemente se llamé José, porque le decían Chepe. Es difícil saber la edad cuando la piel esta curtida por el sol. Abrió el capó con solvencia, y con seriedad de médico, oscultó el motor de nuestro carro, un mazda modelo 90.

En buena parte nos vinimos a varar. Un caserío pequeño a orillas de la Carretera Panamericana a la altura de Piendamó, centro del Cauca.

Fue su hermano quien le enseñó su oficio. Cuando eso tenía 10 años y fue mucho antes de irse por el Huila y el Valle a probar suerte. Los caminos tienen encanto y misterio, y cuando se emprende uno, pareciese que todo verbo se conjugara en futuro.

 

De lado y lado las montañas se alzan suavemente en suma de retazos de colores de plátano, de café, de guadua, de gulanday.

Son bujías, mi señora. Hay que ir hasta el pueblo. Pero eso sí les tocó a ustedes.

Ahora si, pienso, y con 30.000 en el bolsillo. Para viajar en mí país
es un dilema: uno no sabe cualquier inconveniente, y es malo no llevar dinero, pero uno no sabe cualquier otro “inconveniente”, caso en el cual llevarlo es pésimo. No había elección, sólo caminar por una carretera donde las kenwork de los corridos de cantina, pasaban estremeciendo el pavimento, cuatro bujías motorkraft. Tal era el encargo.

El sol canicular avisaba que era mediodía

A medio kilómetro de camino salió de una casa con patio de tierra un hombre menudo: Para dónde va mona. Al pueblo, estamos varados. Si quiere yo voy o le presto la cicla. Y nos quedamos sentados en una banca de madera en un patio de tierra que resultó ser un taller eléctrico o un museo de motores prehistóricos corrompidos por el óxido.

Un hombre anciano nos acompaña en la banca. Nos cuenta que no puede soldar: las cataratas le visten los ojos. Ya no veo ni para conversar.

Desde el interior de la casa sale una mujer joven rodeada de perros criollos, con sendas tazas de café negrito. Anoche mataron al guachimán de la finca de arriba.

El anciano continúa como si nada. Eso de las bujias es extraño. Pero uno puede quemarlas en un fogón de leña y ellas vuelven a la vida, uno o dos meses pero vuelven. Es que los mecánicos son cosa sería: así como hay pillos, hay honrados.

El hombre en la cicla llegó. Costaron más: a 6.500. El doble realmente de lo que cuestan. Le pagó y le comprendo en silencio su cobro anticipado.

Vuelvo donde José, a su pequeño taller mecánico, Los Salazar. Allí Bésame Stereo pone el tono a un ambiente de hombres rudos, de manos y mirada dura. Latas, morros de llantas viejas, partes de motores, perros flacos echados a la sombra. Y mi bolsillo ya casi vacío. Son 5.000 en cada peaje.

Listo mi señora.

Gracias, cuánto le debo.

Nada mi señora. Sólo escriba un esa libretita y diga que en la “Y”, entre Cali y Popayán, hay un buen mecánico a su servicio.

Después el camino a casa se hizo corto.

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