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El próximo 28 de mayo serán las elecciones presidenciales en Colombia. Por primera vez, un presidente tiene la posibilidad de ser reelegido, en este caso, el candidato presidente Álvaro Uribe Vélez. No pretendo detenerme en este personaje y lo que él representa, por que lo que quiero resaltar, es justamente el lado opuesto de la contienda: Carlos Gaviria Díaz, elegido el pasado 8 de marzo como candidato único a la presidencia por el Polo Democrático Alternativo, unión de izquierdas de diferentes vertientes y de sectores democráticos de los partidos tradicionales en nuestro país.
Él, el maestro Carlos Gaviria Díaz, representa la esperanza para cada vez mayor número de personas, de iniciar un proceso de construcción de un país diferente, un país con una democracia real donde las cifras de desigualdad social y económica no sean tan supremamente vergonzosas: 25% de la población en la indigencia, 60% en la pobreza. Un país donde sea posible disentir sin arriesgar la vida; un país donde la educación, la salud y la seguridad social no sean un privilegio; un país donde el trabajo permita vivir dignamente; un país que deje la agonía de la guerra y la justicia sea un hecho.
Tales cosas parecen una utopía partiendo de donde estamos, pero esas cosas sencillas, realizadas en otras latitudes, es lo que mueve la esperanza amarilla que ha llenado plazas en todo el país, con gente de carne y hueso que contradicen las sobradas encuestas de opinión de voto que señalan al actual presidente como ganador en la primera vuelta.
Carlos Gaviria Díaz, representa también la decencia y la honestidad, la importancia de las ideas y del trabajo intelectual, representa a los libre pensadores, el deseo de justicia, la tolerancia y la necesidad del fortalecimiento de la sociedad civil, el estado de derecho y las garantías en el ejercicio de las libertades individuales, de la defensa de los derechos humanos.
Asumo el escribir en mi blog sobre política. No es la primera vez que lo hago. Lo asumo con alegría, con el amor profundo que me une a mi país, con el deseo de legar un futuro amable a mis hijos, con el compromiso que me ata a la vida, contagiada de la esperanza amarilla que grita sí se puede…
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