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Tierra de Maíz - El Blog de Vera Carvajal

Quiero pensar que los días, mis días, son un racimo de uvas o una mazorca fresca de maíz, no en definitiva, una cuenta regresiva. 

 
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Alberto Cordero PDF Imprimir E-Mail
jueves, 12 de abril de 2007

Conocí a este hombre por que está de vuelta con mi hermano Lizardo en nuestra ciudad, y aunque me lo habían anticipado, cuando lo vi por primera vez pude constatar que lo de poeta le viene congénito, pues tiene los ojos con esa redondez melancólica que solo tienen los poetas y las manos de dedos largos, como si crecieran con cada verso.

Alberto es de España, motivo más para ser poeta, pero anda dejándose seducir por las américas, dejándose colonizar los sentidos. De hablar, habla muy poco, pero de escribir, escribe con ojos y manos de un poeta vital y contemporáneo que a través del verbo abre paso a su tiempo.

A continuación dos poemas de Alberto Cordero, de quien pueden encontrar más producción en http://absurdinopia.blogspot.com/

Todo lo que cuesta

Los que digan que es fácil
escribir poesía
no alcanzan a vislumbrar
ni remotamente
el valor de todas aquellas
botellas de vino
que Li Po liquidaba
cuando podía
a orillas del río amarillo.


Esos labios y no otros

Esos labios,
axiomas de carne rosada,
confines de una fachada;
esos labios
de alborada puntual
tan capaces de besar
como de ordenar morir;
esos labios,
cada uno subordinado
al destino de su opuesto,
engañan, acarician, se esconden,
tiemblan, aman, odian,
se encogen, se retuercen, se estiran,
esos mimos carnitudinales
que miman y maman y meman
y mutan,
y se despegan el uno del otro
para así mostrar al mundo
su secreto
en forma de palabras, palabros
y palabrerías enteras
que se retuercen, estiran, encogen,
tiemblan...
como bestias de viento
saliendo del parlamento de los sonidos.
Y esos labios, tan lascivos
pueden llegar a ser
como inocentes pueden parecer
a llegar,
¡qué fácilmente se ensucian de gula
aun sin poder remediarlo!
Esos labios, que suavemente olisquean
el anzuelo del deseo,
humedecidos con savia,
dejan entrever el cebo serpentesco
que guardan en su trampa
cuando se entreabren con inocente sorpresa.
Tan bellos como flores carnívoras.

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