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El maizal De mi cosecha De la espiga al cielo Sabor a nosotros De otros sembradíos

Tierra de Maíz - El Blog de Vera Carvajal

Quiero pensar que los días, mis días, son un racimo de uvas o una mazorca fresca de maíz, no en definitiva, una cuenta regresiva. 

 
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El maizal

Mi país ha sido declarado como país no viable. Y no sé si cómo desatar un nudo de dolor, de rabia, de impotencia, que se me hace en la garganta y entonces se viene detrás de dos lágrimas, un sonrisa de incredulidad: “mi país, es viable, quiénes son para decirnos que no”, pienso. Y salgo calle abajo y miro a la gente y me conmueve la vida que brota por los andenes, tan ajena a los informes. En Colombia aprendimos a ser felices a pesar de todo: de la guerra, del dolor, de las facturas que nos ahogan cada mes; a pesar de la mayor expresión del terror, representada en la muerte por hambre de nuestros niños; a pesar de la estigmatización; a pesar de la misma desesperanza.

Como colombianos vivimos en una gran paradoja, donde la muerte y el baile van de la mano. Y no es que la vida no nos importe, es que nos hemos dejado ganar por el olvido para poder vivir. Por que el horror de lo que debemos oír desde que nacimos así nos lo ha impuesto. Las guerras sucesivas que como pueblo hemos padecido y el horror de lo que nos ha tocado sufrir son indecibles.

No solo los informes se empecinan en declararnos no viables: ese es un concepto generalizado en Europa y aún, en algunos sectores de Latinoamérica.

Y yo me resisto, sonrío incrédula y me resisto.

Como parte de mi resistencia nació este sitio, que es como una botella tirada al mar, una mano que se tiende y que dice aquí esta una colombiana que se siente parte de otra gran nación: la del maíz, la América morena y mestiza. Una mujer que quiere narrar cosas que pasan por su corazón para contarlas o otros, hermanos en la lengua, que abrirán a la vez el corazón para entender.

Estando en Noruega fue asesinado uno de mis mejores amigos, de esos que uno no recuerda cuando conoció y pareciera que siempre estuvo ahí, un hermano, para definirlo con mayor propiedad. Ese día fui a clase y en mi primario noruego quise contar que un hombre había sido asesinado en mi ciudad y que junto con él, con Rodrigo, algo mío había muerto. La maestra de noruego me contestó diciéndome muy amablemente que ellos (tal vez solo ella, quiero pensar) no gustaban de las historias tristes y que lo sentía por mí, pero que eso no era noticia ni en Colombia, que era un país como el lejano oeste.

Creo que cada colombiano asesinado debería dolerle a toda la Humanidad. Creo que la mejor alternativa para avanzar es mirar atrás y reconocernos de nuevo, nutrir nuestras raíces para que el tronco herido pueda retoñar.

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