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viernes, 24 de febrero de 2006 |
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Él la escuchó por primera vez en un cafetín universitario.
Y desde entonces, él quiso ser labios, el pequeño susurro capaz de crear todo un universo de sutilezas sonoras, el matiz que solo los de escucha más selecta pudieran distinguir entre todos los demás sonidos de la tierra. Él quería ser el vibrato que de su diafragma subía a la boca el hálito de vida que le ataba a su destino. Él quería ser los sonidos que Bóhm soñó. Ser manos ágiles, dedos largos, máquina de precisión perfecta en el manejo de llaves y agujeros que escogían cada nota, descifrando la contradicción de su agudeza metálica.
Pero ella, sorda a los latidos de su corazón, le fue esquiva, desde entonces. A sus 20 años era demasiado anciano para ella.
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