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viernes, 25 de noviembre de 2005 |
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 Él la tomo de la mano por la calle de la feria del arte del viejo paseo Bolívar. Juntos vieron las últimas ediciones de los poetas más queridos y visitaron los puestos de los coleccionistas de cosas inservibles a los ojos de los mortales. Y fue en uno de esos puestos donde encontró la litografía de una mano sosteniendo un cerebro con un ojo palpitante y se lo regaló con una dedicatoria de palabras premonitorias.
Ella lo tomó por la calle de los días y lo amó con ternura, hasta que una noche cercana a la Navidad, los pasos de él tomaron otro rumbo, dejándole a Isabel, sus anteojos rotos de bala, un centenar de poemas por publicar, y el amor suficiente para de nuevo reconciliarse con la vida.
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