Enrique Riveros, editores
¿Si admitimos que existe la palabra mayor, será acaso que existe la palabra menor?
Mucho se ha dicho sobre la validación de la palabra, qué la hace grande y apreciada y ante todo, publicable. Mucho son los versos maravillosos que se han tejido desde el asombro que causa el libro y el autor. Pero es sobre la tarea del editor, en quien quiero detenerme.
El autor escribe su obra, pero el editor sueña su forma… afila la escucha para entender el alma del original, lo concibe, lo esculpe en su formato. Tiene el tacto dispuesto para las fibras que se entrelazan en la celulosa de la madera, el olfato impregnado de tintas y encolados y la mirada hecha de policromías y el blanco y negro de las paisajes extendidos que dibujan las fuentes de las letras con sus capitales y versalitas.
No existe editor sin pasión. Cada vez que llega el primer ejemplar del tiraje a sus manos, se estremece al recibirlo. Así como si fuera un crio, se detiene, lo huele, lo escruta amorosamente, sabiendo de antemano la inevitable labor del duende que trastoca la coma, que altera el panton de los colores, que hace ilegible un pie de página…El editor es un partero. Pocos como él gozan y sufren aman y entienden la obra física de la que es responsable moral y socialmente. Solo él puede llorar una edición picada.
El poder de divulgación de las ideas desde la antigüedad, ha estado sustentada y sustentando el poder, en simbiosis con el status quo, en el vértice que dicta los parámetros de las verdades absolutas, del credo, el marco donde el pensamiento se mueve dentro de lo legal, lo moralmente conveniente y la erudición estrecha, la que alcanza solo para unos pocos elegidos.
Muestra de ello es que los libros evangelizadores siempre encabezan la lista de los más publicados en cada cultura. Pero también es de notar como afortunadamente cada poder ha tenido una lista de índices de libros, revistas y documentos prohibidos seleccionados con el dedo de inquisiciones y dictaduras. Detrás de los autores que concibieron las ideas que dieron origen a grandes cambios está la labor del editor que se sumerge en esa otra vertiente paralela que ha entendido el verdadero papel y el exquisito designio liberador, casi subversivo, transformador de la palabra en texto.
Sea pues mi reconocimiento a la labor de los editores independientes, los que apuestas por los escritores cuyos sentires apenas se estrena en formato de papel y tinta, los de los pequeños tirajes y los grandes sueños, los que no han caído en el espejismo del poder y le apuestan cada día a la boca del poeta que despierta, al maestro de la vida, a los que simplemente sienten en la garganta la urgencia de entregar lo que en el pecho se apretuja.






