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Pablo Emilio Moncayo o una historia de amor en medio de la guerra

Sargento Pablo Emilio Moncayo con sus padresUna vida lo que un sol vale
Jorge Drexler

Cuando el pasado 30 de marzo el sargento Pablo Emilio Moncayo cortó las cadenas que ataban a su padre, terminó una historia que comenzó 12 años antes, con la retención del Sargento como botín por parte de las Fuerzas Armadas Revolucionarias FARC, en el escenario de una de las guerras más cruentas del continente: la de Colombia.

Cuando la vida es una estadística de guerra

Patascoy, cerro ubicado en el departamento de Nariño,al sur de este país, que servía de base de comunicaciones del Ejército, es uno de los tantos episodios que se han librado a diario a lo largo de los últimos 60 años en Colombia. Las crónicas de los diarios reseñaron que la noche del 21 de diciembre de 1997, 300 guerrilleros se tomaron Patascoy con un saldo de 16 soldados muertos y 18 retenidos de los cuales fueron devueltos a los pocos días 16, quedando en las selvas dos de ellos: el cabo segundo Libio Martínez y el sargento Pablo Emilio Moncayo.

 

Los muertos y los retenidos pasaron por mucho tiempo como parte de la estadística nacional y por lo tanto, como parte del olvido. La estrategia guerrillera de retenciones a militares y civiles fue creciendo en los años noventa y como era de esperarse, comenzaron a segmentarse en retenidos de primera, retenidos de segunda y los invisibles, en esa última lista se encontraba el Sargento Moncayo y los demás militares.

 

Según datos de ONG y del mismo Gobierno nacional, 3.000 colombianos al año eran secuestrados por diferentes actores armados y delincuencia común por motivos diversos; el político, jamás se ha reconocido y asi, la viabilidad de un canje o un Acuerdo Humanitario, se ha diluido en el pulso arrogante de las dos partes negociadoras. Estado y guerrilla han soslayado con alevosía el compromiso justo con la vida y la libertad, de los cuales ambos se dicen defensores.

En medio de este panorama de negociaciones, los miembros de la familia del sargento Pablo Emilio Moncayo, eran los únicos que sentían su ausencia. Años de espera por pruebas de supervivencia, el noticiero prendido por si acaso, la vida detenida, el corazón a cada salto en los anuncios de última hora. Pero las noticias no llegaban y asi nace una de las historias de más dignidad que la guerra en su crudeza haya parido.

Viaje a pie

Gustavo Moncayo era un maestro de ciencias sociales en Sandoná. Cansado de esperar el regreso vivo de su hijo Pablo Emilio, decidió en 2005 empezar a llevar las mismas cadenas  fisicas que ataban a su hijo en cautiverio.

En 2007 comenzó una larga travesía que lo llevaría a pie del sur al centro del país, caminando 1.200 kilómetros. A su paso por los pueblos del camino, Moncayo padre era recibido en medio de banderas, de aplausos, de abrazos y de esa extraña solidaridad que se teje en el dolor. Madres, hijos, parientes de otros retenidos y desaparecidos, salían al encuentro de este hombre a contarle sus historias, y asi al nombre de su hijo se sumaron otros.

En el momento que llegó a la Plaza de Bolívar y se instaló frente a la Casa presidencial, Moncayo era un símbolo de un pueblo hastiado del conflicto armado y su degradación. El presidente Álvaro Uribe fue sordo ante sus demandas, el Alto Comisionado para la Paz dio pañitos de agua tibia y golpecitos en el hombro. Las FARC siguieron en su posición pétrea.

En los años venideros se sobrevinieron rescates militares como estrategia del Estado en la resolución de este drama. Siguieron liberaciones unilaterales donde se priorizó a los civiles, especialmente a los de peso, es decir, a los políticos. En la fila de espera quedaron los soldados, razón por la cual, en su marcha contra el olvido siguió el profesor Moncayo y asi caminó Europa entera encadenado, en donde fue recibido hasta por el mismisimo Papa.

Luego, 14.000 nuevos kilómetros que separan Bogotá y Caracas fueron recorridos por el profesor Moncayo entre el 19 de noviembre de 2007 y el 17 de enero de 2008, cuando se pudo reunir con el presidente venezolano Hugo Chávez, quien en esa época le brindó su apoyo como mediador de buena voluntad.

Hace un año, justo en abril de 2009, las FARC anunciaron en un comunicado su voluntad de liberar unilateralmente al Sargento Pablo Emilio Moncayo, pidiendo al Estado condiciones que garantizaran la seguridad de la operación y la entrega personal a una comisión humanitaria encabezada por la senadora Piedad Córdoba.

Las disposiciones  del Gobierno aplazaron un año más la entrega de Pablo Emilio a su familia, hasta que finalmente, el pasado 30 de marzo, en un complicado operativo, donde participaron Colombianos y colombianas por la Paz, la Cruz Roja Internacional, fuerzas del gobierno del Brasil y la Iglesia Católica, Pablo Emilio fue devuelto a la libertad.

El regreso

Distinto al caso de los 11 asambleistas del Valle del Cauca, al del Mayor Guevara y a otros retenidos que han muerto en cautiverio, el final de la historia para Pablo Emilio, su familia y el país, tiene un final feliz.

En el aeropuerto de la ciudad de Florencia fue recibido entre margaritas, banderas y cantos de libertad. La principal plaza de Colombia, la de Bolívar, se llenó de gentes y de alegría. Pudimos seguir por primera vez vía Twitter el paso a paso de la operación de entrega, y junto a las manos libres de los Moncayo se renueva ese volar de palomas que es la esperanza. La fuerza de un amor que superó la indolencia de los actores del conflicto armado colombiano.

A Pablo Emilio se le vio con los ojos poblados de felicidad, con la voz firme, diciendo cada cosa precisa, sin temblor en la voz, sin quebrantos, sin resentimientos, un hombre forjado con la decisión de quien ha vivido. En sus palabras se le escuchó decir muchas cosas importantes, como por ejemplo, que aunque estén invisibles, la guerrilla es una realidad en Colombia.

Sin embargo, aproximadamente 20 retenidos, entre ellos el cabo Libio Martínez, ahora uno de los rehenes de guerra más antiguos del mundo, siguen en las selvas colombianas esperando las voluntades para una salida política, pacífica y negociada.

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La vida teje sus hilos finamente. Terminé de escribir hacia medio día este artículo ayer, viernes santo, 2 de abril. Queriendo respirar un poco, salí a un supermercado cerquita de la casa, estando allí, de pronto vi que mochila en hombro entraba el profesor Moncayo. Por unos momentos pensé que era alarde de mi imaginación, pero no, allí estaba... ¿Lo puedo abrazar? Le dije, pero fue él quien abrió sus brazos y me acobijó con su presencia. Después de mi llegaron muchas otras personas que le abrazaron y en ese pequeño instante, quienes estábamos alli, fuimos uno en la celebración de la vida.

Fui feliz entonces porque entendí que escribo no desde la abstración de la intelectualidad, sino desde el compromiso del corazón, que es el único que puede volver la vida sorprendentemente real. En la historia de los Moncayo de alguna manera misteriosa va la mía.

Ver toda la información de esta historia de primera mano en el sitio web de Caminantes por la paz.

 

Padre Nuestro Maíz

Yo tengo manos de maíz. En ellas reside un hálito terrestre, y palpitan misterios arcillosos con humedad de vegetales peces.
Werner Ovalle López
Guatemala
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