El 28 de julio pasado se dio inicio abierto a la competencia electoral para las votaciones locales y regionales del próximo 28 de octubre en Colombia.
Las vallas, los pasacalles, los carteles, empiezan a inundar las calles y empiezan a evidenciar lo que ya es una tradición en nuestro país electoral: la falta de ideas (Ideas políticas quiero decir, que el juego económico y los negocios están planteados claramente desde mucho antes). Que la derecha no presente ideas, es normal. Que adicionalmente bajo el camuflaje electoral la derecha se acerca al centro sin desdibujarse, es normal. En cambio, cuando la izquierda se acerca al centro y a las alianzas estratégicas ocasionales con la derecha, terminan siendo por un lado devorados por sus antagonistas históricos, y por otro, deslegitimados al dejar a un lado a quienes dicen representar, trocando un proyecto de nación por una probabilidad en una coyuntura electoral.
Tal vez la peor época para hacer política sea la época electoral. Lo electoral representa una farsa, un teatrillo embustero donde el poder embelesa, con sus ojos agudos de serpiente tentadora. Las elecciones tal como están planteadas las reglas de juego siempre las ganarán quienes tengan más financiación, no importa de dónde venga el dinero. Y la izquierda se dejó meter a esta dinámica terrible, sin tener, y menos mal que así es, la menor posibilidad de competir bajo esas condiciones.
La izquierda debe cuidarse, además de la antropofagia, costumbre tan bien cultivada desde hace siempre en la izquierda, del fundamentalismo y del olvido o la traición a la lucha de los movimientos populares. Pero sobre todo, y lo repito, de la falta de ideas, el lugar común que nos hunde en el escepticismo cada cuatrienio.






