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Convocatoria a la esperanza

Cada mañana el viento frío se cuela entre los cerros de Monserrate y Guadalupe erizando  la piel de los transeúntes. La vida urbana amanece antes del sol.  La estación del Transmilenio de Las Aguas se abarrota de gentes que vienen de todas las coordenadas de Bogotá. Comienza un día más para la cotidianidad y sus cegueras.

Los molles y las puertas sirven de abrigo nocturno para los sueños de los habitantes de las calles,  los perros comienzan su rebusque y cada uno flota en la isla de sus angustias particulares. Sobrevivientes a la última edición del noticiero de la noche.  Los diarios y sus titulares parecen anunciar que hoy nada será mejor.

Tal parece que la desesperanza con sus alas de urraca se han batido sobre la ciudad.  Que nada hay por hacer, nos repetimos por allí. La noria acorta su soga. Quedamos presos de la miseria, de los recibos, de los adipositos, del juego de poder, del arribismo, del escepticismo, del desamor. Pisamos la trampa.

José Saramago dice que Los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay… yo, de mi parte, me declaro pesimista con algunas salvedades, salvedades que conducen a ese filón que a lo lejos grita es posible.

La desesperanza es un negocio bien lucrativo, sus buenos dividendos se dan para quienes administran el poder y el horror, para quienes brindan en los clubes por sus grandes negocios desprovistos de humanidad.  Pisamos la trampa.

Colombia, mi país, mi parte de suelo y cielo hace 61 años está en franca guerra. Y la desmemoria y el aniquilamiento han hecho lo suyo, nuestras lágrimas se han secado, y los abrazos truncados han quedado como cruces en los caminos. Mi país duele en la respiración, en el centro del pecho.

Por eso hoy, que iniciamos esta minga hermosa de construcción de parcela colectiva, no puedo dejar de convocar a esa extraña y poética terquedad que es la esperanza, como quien convoca el futuro, como quien teje un sueño inconcluso, como quien se empeña en desarmar la trampa.

 

Padre Nuestro Maíz

Yo tengo manos de maíz. En ellas reside un hálito terrestre, y palpitan misterios arcillosos con humedad de vegetales peces.
Werner Ovalle López
Guatemala
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