Llegar al Machu Picchu es una de las experiencias más acogedoras que un ser humano pueda tener. Ver esa ciudad bella, diseñada de forma tan pensada, tan sentida, tan soñada, es volver el reloj atrás y querer ver entre sus terrazas los sembrados de maíz, quinua y papa, la vida que se desbordaba al pie de la vieja montaña, entre sus perfectos muros pétreos. De Machu Picchu, seguramente existen tratados enteros donde se puede encontrar detalles sorprendentes sobre esta ciudad sagrada. Pero no es de este complejo urbano que quiero hablar, porque de este viaje hasta el Machu Picchu hay algo que me quedó doliendo, y es la sensación que este monumento, es una concesión privada y llegar a conocerla, por los altos costos, es un privilegio que a la gran mayoría de latinoamericanos nos es negada.
De hecho, el tren entre Ollantaytambo y Aguas Calientes, el bus de Aguas Calientes a Machu Picchu, la entrada y los guías, se cobran en dólares a unos precios demasiados altos para alguien que gana en pesos o en soles o en bolívares… Y solo hay una vía para ir a Aguas Calientes que es el tren. No hay vía alterna, ninguna, ni siquiera para las comunidades.
Cuando un sitio como este es Patrimonio de la Humanidad, ¿a quién por lo oneroso de su acceso entonces, estará reservado? Tal vez a las personas del primer mundo o a las grandes superestrellas que lo reservan con exclusividad, ya que pueden pagar no solo el tren primera clase con su vagón de techo de cristal sino el lujoso hotel que increíblemente está a la entrada de Machu Picchu y los cargueros para que les lleven sus pertenencias como en la colonia en el camino inca.
La economía de mercado no conoce la palabra sagrado, por eso no entiende la esencia del Machu Picchu y la ha vuelto una marca de turismo mundial, muy a lo Indiana Jones.






