Dicen que las pirañas comen gente, ganado y todo ser viviente que por accidente, o mal parqueado termine en los ríos infestados de estos voraces peces. En mi único viaje a los Llanos del Meta adentro, estaba bañándome en un morichal cuando sentí una mordedura en mi talón. Salté como pude fuera del agua y alcancé a ver algo que se escurrió entre el agua. Dicen quienes me acompañaban que eran pirañas.
Hace una semana vi nuevamente pirañas… artilladas, con hombres de camuflado y miradas duras. En la frontera con Ecuador, sobre el río Putumayo, dicen los nativos es el pan nuestro de cada día. Después de la muerte del guerrillero Reyes, de día y de noche, navegan las pirañas camufladas para salvaguardar la soberanía del tricolor patrio.
Montan guardia, están atentas a quien ose pasar por el río sin identificación o con cara de indio guerrillero. La gente se agita en las voladoras cuando pasan cerca, porque nunca se saben cuándo van a arrinconar, gritar y pedir papeles. De vez en cuando los pájaros de hélices fuertes también sobrevuelan la tarde. Uno se pregunta qué pasa más allá del horizonte, qué guerra se estará librando, qué olor a muerte infestará la selva.
La requisa puede durar 15 minutos o casi una hora dependiendo de las maletas y costales que lleven los viajeros. Se recogen las cédulas y una a una van pasando por el computador donde el Estado tiene reseñado nuestros modales, ideologías y antecedentes.
Los soldados cara duras van requisando cada maleta y si alguien se incomoda le hacen sacar todo afuera: calzoncillos, camisas sucias, pantalones, brasieres, toallas higiénicas, remesa, todo va afuera violando el pudor y la intimidad y es señalado de culpable.
¿Culpable de qué? De vivir en estas lejanías en la marginalidad que se observa a orillas del río en casas en madera montadas en palotes para evitar que la humedad las devore más rápido y los animales de la selva aniden o les dé un susto a los habitantes, especialmente las culebras venenosas. Culpables de tener cara de indios guerrilleros como repite en voz baja el lanchero molesto.
En estas tierras no llega señal de celular, no hay electricidad, ni agua potable. Las escuelas están deterioradas y los niños van a pie limpio. Los viejos ríen y se espantan los zancudos mientras cuentas historias y las mujeres atizan el fogón o cultivan la chagra. Si hay buena pesca habrá carne sino habrá que contentarse con yuca cocida, casabe o arroz y de sobremesa, chicha de maíz o chontaduro, eso si hay cosecha. Los días van pasando tan lentos como si viajaran en burro.
Hace rato me molesta cuando mis amigos y amigas me dicen que trabajo paseando, como si en verdad fuera un paseo ver tanta marginalidad junta sin que a nadie importe. La risa de los indígenas y colonos espanta la tristeza y los cuentos antes de dormir rememoran a mis abuelos y sus relatos. Se pinta la historia con palabras y risas mientras al cotidiano lo devora el calor y la incertidumbre de cada día. Es una manera de sobrevivir.
Las pirañas artilladas siguen su camino, la brisa me golpea el rostro y la voz del soldado en la base pidiendo identificación y una requisa me quita el sueño, el sopor del calor me invade y humedece mi camiseta. Siento unas ganas salvajes de salir pronto de la selva, del verdor monótono, de las bandadas de pájaros blancos y pechiamarillos, del naranja del ocaso, de las picaduras de la arenilla y de las pirañas amenazantes…






