La lluvia siempre me ha deprimido, especialmente si está acompañada de días grises. Acá en Bogotá llueve y es como si el cielo llorara. El frío se cuela por todas partes, el alma se apretuja. Los recuerdos asaltan, dejan un sinsabor si no son buenos.
Que llueva en Putumayo, en la finca de Planadas cerca a Mocoa es otra cosa. El día se refresca, la noche arrulla e invita al descanso total. Se siente como si las gotas fueran tambores, como una danza alegre, una se moja inmediatamente, el agua escurre a borbotones, los techos resuenan una música en distintas tonalidades.
La lluvia de la selva va a torrentes, enérgica, alucinante. Moja el cuerpo pero refresca el alma. Llueve toda la noche acrecentando sus ruidos. Los perros se cansan de ladrar, el viento juega con los árboles, el sueño vence las ganas de seguir la música sin fin del aguacero, los relámpagos rasgan la oscuridad, los truenos cortan el aliento. Al cabo de un rato, queda solo la lluvia, el deseo de dormir nos vence.
El amanecer es limpio. Todo alrededor reverdece. La tierra húmeda apacigua el calor hacia el medio día, su olor mohoso me tienta los recuerdos de la finca que ya no tengo después de salir huyendo de las bombas y la guerra, ahí en medio del cielo limpio y los árboles húmedos, vuela el martin pescador rondando el estanque, las ardillas asoman en las ramas, el perezoso huye de los que derriban el bosque para sembrar comida, empujados por la inequidad de no tener tierra suficiente para alimentar la familia, los pájaros madrugan a cantar....






