Siempre hay algo de festivo los domingos en la carrera séptima de Bogotá. Algo así, como si de pronto volvieran los tiempos de ferias de los gitanos en Macondo; y las baratijas y los delirios corrieran por las calles.
Lo festivo puede tener que ver con la cita cierta que el sol tiene con los atardeceres naranja. Y el séptimo día que le da ese tinte de sonrisa a los transeúntes.
Puede ser también ese andar en manada... tal vez, o el paseo que los perros hacen con la soledad de sus amos; o acaso el paseo siamés de los nuevos amantes; o el caminar cómplice de las mujeres que se pasan en limpio; o la resaca de los intelectuales puesta en un café.
La séptima en Bogotá tiene cierta magia que la hace pueblo. Que hace que la gente de pronto se mire a los ojos y encuentre bello aún lo viejo en el mercado de las pulgas. Que hace que el país se haga uno en su amalgama de acentos que pasan en desfile.Los domingos en la tarde, tal vez es la bocanada de aire necesaria para iniciar un lunes cualquiera, con aguaceros intermitentes y calles de aceite, con la feroz competencia por sobrevivir.
Es el espacio para amenguar las lluvias internas, sacar a solear las penas y despercudir los sentidos.
Tal vez el encanto de los domingos sea que Dios está de descanso.






