Va con su propio paso, esta vez no empujada. Es su elección. Acompañé sus llantos y sus alegrías como ella mis incertidumbres y nuevas anidadas. Hemos hecho honor a la amistad y la complicidad. Pero el tiempo de la espera se agotó. Le ayudé a desanudar sus joyas de colores, de todos los tamaños, recuerdos y valores.
Ella acomodó su ropa, la cartera con pedazos de balas que le diera su hijo, como diciéndole vaya por el camino, despéjelo, voy detrás, como testimonio que la guerra acá no para, no termina, sigue siendo absurda. Y si no cómo se explica que un niño de seis años en vez de florecillas amarillas del camino recoja esquirlas de alguna danza de muerte pasada.
Esa misma guerra que hace tiempo la lanzó afuera con dolor y tristeza, esa misma que la agotara por dentro y fuera presente desde su regreso hasta ahora que decide irse nuevamente. En el fondo mi amiga Vera sigue siendo viajera.
Va de sus escritos a su risa fresca, a sus discernimientos, sus opiniones que a veces hacen ampolla, sus hijos y el país que le duele, el continente que le llama. Va del mundo mágico de la ilusión amorosa y la tentación de anidar en otros paisajes, otro fresquito andino, otro cielo pintado de azul y blanco a ese instinto de madre de todo lo que le rodea.
Pero ahora es el ritual de la vida, cambiar de ropas y horizontes. Es mudar y volver a quedarse en cueros, solo así nacemos de nuevo. Le dije que vaciara la maleta para alivianar la marcha. Uno no sabe hasta que le toca que puede la vida terminar convertida en veinte kilos de equipaje, de vivencias, de sueños, de recuerdos.
Resulta agradable ayudar a la mejor amiga a empezar un camino hacia un porvenir tan cierto en el amor que espera ansioso, juntando ganas y deseos. Ese inconmensurable designio que llevamos, que por cosas de la vida a veces se aplaza, a veces toca viajar miles de millas para encontrarlo esperando simplemente. Todo fluye. Es la apuesta, el porvenir desgranándose en nuevas ilusiones y oportunidades.
Se quedan aquí aún muchas cosas, su familia, sus hijos, sus hermanos, sus amigos, los cientos de escritos, este sol que brilla hoy, estos cerros que acompañan mis días, este verde, este smog, lo que ya no es vigente, lo que fue deshojando para reverdecer de nuevo, este modo de ser nuestro caótico, desabrochado y calentano en medio del frío bogotano, ese ve que nos distingue, ese olor de caña y de manada vallecaucana que nos impregna el sentir y el obrar, que nos da sello propio y finalmente un pedazo de parcela de maíz que nos compartes para encontrarnos y seguir sembrando.
Buena suerte viajera, te vas con vos misma, y es suficiente, a fundar otros recuerdos, a seguir tu labor de artesana de la palabra y el relato, del darse con amor y con amor vivir la vida.
Por mi parte, por ahora, me quedo vaciando mi maleta, para alivianar mi sentir, para enfocar un camino incierto que elegí hace un tiempo y me llena de gozo. Gozo que comparto con algunos y algunas y mi espejo que devuelve una imagen maquillada, surcada de líneas de expresión que dan cuenta del tiempo que pasa, de los ojos en que me quedé detenida hace dos años y la voz que se escurre en sueños de vez en cuando a anunciarme encuentros necesarios antes de partir. Me quedo desatando nudos…
Me quedo a preparar mi viaje… ahí nos vemos ve.






