
Diez horas de viaje en el mejor de los casos. Me gusta viajar de noche para dormir y no tener que sentir serpentear la carretera en mis vísceras cuando se atraviesa la línea y que un frío pegajoso se apodere de mi con la sensación de nausea que detesto.
Toca acostumbrarse al vallenato destemplado o la película de guerra. Primero descolgarse de la sabana hacia el valle del Magdalena, la travesía por el Tolima se anuncia con calor y esa recta interminable. Las curvas desaparecen y mi estómago se estabiliza.
Siento una sensación de alivio. Finalmente nací a 1000 msnm y estar a dos mil setecientos metros más cerca a las estrellas en Bogotá se siente en el cuerpo, como una presión constante, cierta pesadez. Los valles me dan la sensación de liviandad, de soltura. Empezando porque toca quitarse las envolturas permanentes, la bufanda, el suéter, la chaqueta y la cobija por el calorcito que abraza.
La parada de siempre en Ibagué donde el conductor y algunos pasajeros llenaran la tula con tanta comida que me toca salir fuera a ver la noche y sus estrellas para que mi estómago no se resienta. Nunca he podido comprender como se puede comer para viajar. Normalmente no tomo ni agua para no tener que ir al baño.
Aprovecho para sentir que me alejo de mi nido actual, de imaginarme el regreso y saber que te quedas sin mí. Igual me vacío de ti. Los cerros no se moverán mientras vuelvo, si hay luna me perderé el espectáculo desde la sala de mi casa. Las palomas que llegan en las mañanas a saludar en mi ventana, los edificios del centro desdibujados en la bruma en estos días de invierno.
El camino a Cajamarca con sus curvas va anunciando la línea y mi estomago empieza a inquietarse. Si corro con suerte aprovecho para dormir y despertar en Calarcá. A esas horas de la madrugada algo muy dentro de mí anuncia que empiezo a descolgarme hacia mi tierra. Un sentimiento medio salvaje y nostálgico me invade. En una hora tengo impregnada la nariz del olor enfuertado y dulzón de la caña de azúcar. He llegado al Valle. Si hay luna y tengo la ventana puedo mirar los cañales como fantasmas oscuros que se baten con la suave brisa caliente y saludan. Los recuerdos me embargan. La necesidad de sentir los brazos de mi madre apuran los sentidos.
La señal de llegada a Tuluá evoca que en una hora las manos temblorosas de mamá estarán rodeándome la cintura, que Rafael Alejandro sonreirá y saltará a mi cuello y mi hermana Sofía saldrá a encontrarme con su risa ancha.
El olor de concentrados para animales indica que tomo la variante rumbo a Buga. La tierra del señor de los milagros, el tonto y el papayo en el patio.
Buga, Cerrito y Amaime emergen en mis retinas igual que hace cuatro meses. Como si el tiempo no corriera. Congeladas en la memoria. Este tramo de la carretera es un vértigo, un suspiro, rápidamente me precipito a Palmira, su olor a caña y pavesa inunda mis sentidos. Las palmas de la entrada, los chiminangos y las ceibas me reciben.
La avenida y el barrio Mirriñao se me asemeja un canal de nacimiento. El bus se detiene en la glorieta de Versalles. El acento del taxista ofreciéndome el servicio me identifica, se acaba mi calidad de extrajera. Allí tomo un taxi y llamo a mi hermana para que salga a la esquina a recibirme. Son tiempos difíciles los de mi pueblo.
Ahora las pandillas juveniles asechan, los vigilantes pagados por los vecinos espían, se dice en murmullo que son autodefensas. Toca cuidarse de todo y de todos. La brisa tibia rezago del mar que se cuela por algún vallecito de la cordillera occidental abraza mi piel y el alma. Estoy de retorno a mi ombligo.
Foto en licencia Creative Commods de Hector mesa http://farm3.static.flickr.com/2298/2098512450_907227d4c4_t.jpg






