El término propaganda engrosó desde finales de la Segunda Guerra Mundial, la lista de palabras dudosas, de carga vergonzante. Pero no quiero acudir a alusiones sugestivas y actuales como publicidad política o comunicación política, a lo que debe ser llamado por su nombre. Con su pasado puesto al servicio del adoctrinamiento católico, la Inquisición y regimenes como el Nazi, es normal el desprestigio del término, pero en la práctica, la propaganda política no solo está vigente, si no que además, ha llegado a instancias insospechadas, aún para su mismo ideólogo contemporáneo Josef Goebbels, Ministro de educación y propaganda de Hitler.
De hecho, fueron el mismo Hitler y su ministro, quienes dictaron principios que aun se practican para la efectividad de la propaganda. Cualquier viso de implementación actual, no es mera coincidencia:
• Toda propaganda debe apelar a los sentimientos.
• Los slogans deben ser simples y entendibles.
• La gente entiende poco y olvida mucho.
• Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida.
• Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad.
• Se debe vincular al enemigo a una persona o a una idea con un símbolo negativo para provocar su rechazo con base en ese símbolo y no de acuerdo con la verdad.
• Los argumentos y programas deben adaptarse de acuerdo con los prejuicios, estereotipos y mitos prevalecientes en la cultura e imaginario populares, para ser fácilmente aceptados.
La propaganda es un arma decisiva en cualquier lucha por el poder: en las guerras para vencer al enemigo y para fortalecer el ánimo de los aliados, y en la política, además de los mismos fines de la guerra, la propaganda se convierte en un pulso que seguramente puede inclinar la balanza en los comicios, debido al estímulo que da la ostentación como triunfador a quienes están indecisos y quieren unirse sin otra razón a quien va adelante, a aquellos que tienden a pensar o hacer lo que hacen la mayoría. Es aquí donde encuestas, actos multitudinarios, grandes avisos en la prensa, declaraciones triunfalistas, publicación de adhesiones, conducen el rebaño.
No es que la propaganda defina por si sola. Ningún candidato gana por la propaganda. Define lo electoral las condiciones de organización y acuerdos políticos con organizaciones sociales y económicas, gremios, estructurales legales e ilegales, y el entretejido de intereses que se logre establecer durante la campaña. La propaganda se establece como parte de la estrategia general y es un medio para crear el animus colectivo, pues realmente la mayoría de piezas publicitarias no dicen absolutamente nada sobre propuestas, diferenciación o la promesa básica al elector.
En una nación donde la mayoría de su población está desinformada, pasiva y despolitizada; donde la organización social está desquebrajada por las múltiples violencias; donde los partidos son inexistentes y los que confrontan hacen parte de empresas electorales, los candidatos apuestan a la fuerza de la propaganda en los medios masivos y a la presencia en las calles a través de avisos en variados formatos. No a sus programas e ideas.
Es por esta razón que vemos las calles de nuestras ciudades invadidas de propaganda. En solo Cali, los miles de candidatos, con inversiones multimillonarias provenientes de recursos públicos y privados, legales e ilegales, saturan a la gente a través de una propaganda apabullante que lejos está de ser un dinamizador de la democracia, y se acerca más a una demostración de poder económico, insultante derroche frente a la pobreza de quienes dicen querer representar.






