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Sobre paros y manifestaciones sociales

Algo crece en Colombia. Algo que hace cobrar esperanza ante el sistema de indignidad económica y social a la que estamos sometidos las mayorías en mi país.

En el occidente los corteros de caña empuñan la búsqueda de condiciones mínimas para su trabajo… el pueblo indígena del Cauca exige la posibilidad de ser y su autonomía territorial… el sindicato de la Rama Judicial asume el paro más largo de la historia para pedir mejor situación salarial y se vislumbra que se unirán otros sectores que exigirán del Gobierno lo que todos sabemos necesario: condiciones laborales y sociales dignas. En general los colombianos no pedimos mucho. Por algo nos declaramos felices con lo que tenemos. Somos una nación feliz aún en medio de la desgracia. No alcanzamos ni a pedir cambios estructurales, cambios que pongan en peligro el poder de los siemprepoderosos. Pero para los siemprepoderosos es demasiado lo que se pide: estabilidad laboral, un salario digno, seguridad social, derecho a asociarse, derecho a la tierra que dará lo de vivir y que ata a la vida y a la cultura de un pueblo. Es demasiado porque quita presupuesto para la guerra, para tributar a la Banca del Primer Mundo y a los bolsillos de quienes se enriquecen con lo público.

En un momento de tanta represión es conmovedor ver como los que no tienen nada se levantan a pedir lo que les corresponde por derecho. Cómo las mujeres de los corteros marchan junto a sus maridos y a sus hijos, cómo los indígenas del Cauca de los cuales 12 dirigentes han sido asesinados en los últimos meses se sostienen… como los sindicalistas y los trabajadores tejen redes de solidaridad para vivir sin salario mientras dure el paro…

Nuestra sociedad no es una sociedad igualitaria, ni siquiera en el tiempo histórico que nos tocó vivir. Mientras en el Parque de la 93 en Bogotá y en Rosales se vive una especie de contemporaneidad, en las afueras de Bogotá se vive en el Medioevo, y en los cañaduzales y en los campos una especie de época feudal y colonial sobrevive.

A medida que la economía mundial, artificial, soluble y especulativa, que nos fue vendida como el paraíso terrenal, es engullida por su propia voracidad, los movimientos y la capacidad de organización y de imaginación de la gente estará puesta a prueba, para poder sobrevivir. Al fin y al cabo es un deber resistir, al mejor estilo de Ghandi o del Che, o simplemente de la gente sencilla e indispensable que cuestiona y asume su papel a pesar del poder que les arrasa.
 

Padre Nuestro Maíz

Yo tengo manos de maíz. En ellas reside un hálito terrestre, y palpitan misterios arcillosos con humedad de vegetales peces.
Werner Ovalle López
Guatemala
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